De reconocer lo irremplazable

El Premio Prizker considerado por muchos como el Nobel de la arquitectura, fue otorgado este año a la pareja de valientes arquitectos Anne Lacaton, francesa nacida en 1955 y Jean-Philippe Vassal, Marroquí nacido en el 54.

Este galardón se suma al rosario de reconocimientos a su obra y sobre todo a su concepto, basado en “hacer sostenible lo que ya existe” y ”no demoler lo que podría ser redimido”.

Me parece muy importante traerlos a cuento, porque con este premio, el mundo reconoce una posición filosófica amorosa, sustentada en la transformación racional y la responsabilidad a largo plazo con los ecosistemas comunitarios, contraria a las prácticas realizada por muchas de las empresas constructora que exageran en su pragmatismo y solamente miden el negocio en el tamaño de la utilidad, sin importar los daños colaterales que sus mega edificaciones causan al aumentar la densidad demográfica, dañando al vecindario y abusando de la ingenuidad de sus clientes que lamentablemente no se imaginan las consecuencias negativas que tendrán que enfrentar a mediano o a largo plazo, solo por poner un ejemplo, mencionaré el probable aporte insuficiente de agua debido al aumento en la demanda de los servicios básicos.

Considero que el guiño que en Prizker nos hace a los constructores mexicanos, sobre todo a los que estamos interviniendo barrios antiguos y bien diseñados, con personalidad arquitectónica y realmente funcionales como las colonias Condesa, Hipódromo Condesa, Roma, San Rafael, Santa María, San Miguel Chapultepec, entre otras y que nos decimos amantes de estas tradicionales colonias de nuestra ciudad, debería llevarnos a reflexionar, si es que realmente vale la pena seguir demoliendo casas unifamiliares o pequeños edificios con valor histórico, para edificar sobre sus restos conjuntos habitacionales hasta para 200 familias en donde antes no vivían más de 10.

Entre las actuales sequías y el COVID19, estamos viviendo experiencias y sensaciones preapocalípticas que, desde mi punto de vista, deberían ser estímulos suficientes para sensibilizar a los constructores con la piel más dura.

Nosotros, en Jove.Condesa, hace 11 años nos preguntamos en qué ciudad queríamos vivir y qué nos correspondía hacer para pavimentar la ruta de nuestros deseos.

La respuesta, casualmente coincidente con Anne y Jean-Philippe, fue que podíamos aprovechar las virtudes estructurales, arquitectónicas y estéticas de los viejos edificios no catalogados por el INBAL, edificaciones casi condenados a muerte por la burbuja inmobiliaria de la zona, pero poseedores de características estructurales y estéticas irremplazables, como las de los edificios de Zamora 95 en la colonia Condesa y Chicontepec 70 en la Hipódromo Condesa, para rehabilitarlos basados en un diálogo entre sus probadas virtudes y las posibilidades de confort actuales, decidimos llevarlos al tope de sus posibilidades para hacer de ellos islas para el buen vivir.

Con estos proyectos, nos importaba subrayar que se pueden hacer negocios rentables sin dañar al barrio, conservando en lo posible la memoria de nuestra ciudad y sobre todo, sin sacrificar el futuro de los afortunados habitantes de estas joyas arquitectónicas.

Ojalá que el premio otorgado a Anne y a Jean-Philippe sirva para que este pensamiento se haga tendencia y en los próximos años veamos como cientos de edificios son rehabilitados, muchísimas personas se benefician teniendo viviendas bellas y estas añosas colonias conserven tanto sus funciones básicas como su dignidad para el disfrute de sus habitantes y visitantes, así como sucede en los añosos barrios que caracterizan a las ciudades de “primer mundo” y que nos encanta visitar.

Jorge Ismael Rodríguez López de Lara

Escultor y Colaborador en Jove.Condesa

jorgeism@yahoo.com

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