La Vía Apia mejor conocida como la vieja reina de los caminos

el mayor legado arquitectónico del imperio romano que influenció a occidente

Al examinar la cantera de magnificencias arquitectónicas que se han conservado de la Antigüedad, resulta fácil concluir que el Imperio Romano fue, muy probablemente, el principal aportador al legado arquitectónico de Occidente, no sólo por los majestuosos e icónicos monumentos que de él se desprendieron, sino también por los tratados sobre ingeniería y arquitectura procedentes de dicha época. 

No obstante lo dicho, es interesante recordar que, a pesar del significado que estas grandes construcciones llegaron a adquirir, como imponentes símbolos de poder, o modelos de perfección, muchas de esas obras tuvieron orígenes tan utilitarios como cualquiera de nuestras modernas autopistas. La Vía Apia es un caso, en este sentido, emblemático. 

Poco más de tres siglos antes de nuestra era, Apio Claudio, ‘el Ciego’ (sobrenombre un tanto irónico, considerando que fue uno de los estrategas y administradores más visionarios de la Roma de la República), ordenó y dirigió la construcción de este camino como parte de su estrategia militar durante la segunda fase de las llamadas Guerras Samnitas, un conflicto que enfrentó a los romanos con varias naciones vecinas por el control de la Italia central. 

En un contexto histórico más amplio, la Via Appia (también llamada Regina viarumo, ‘Reina de los caminos’) formó parte de un impetuoso estallido de construcciones públicas que registró su punto más álgido hacia el final de la República, en las décadas previas al inicio de la Era Común.

En esta etapa fue tal el auge de la construcción que, incluso, surgieron nuevas figuras y cuerpos públicos encargados del desarrollo y mantenimiento de las obras, tales como los Curator aquarum, encargados del suministro de aguas, y los Curator viarum, quienes se ocupaban de las calzadas.

Se dice que hasta el gran estratega militar, político y orador, Cayo Julio César, fue en su momento curator de la Vía Apia. 

Al momento de su concepción, en el año 312 AEC, la misión primordial de la nueva carretera fue la de fungir como puente de comunicación entre la capital romana y la próspera ciudad de Capua, un enclave aliado que se encontraba asediado por el enemigo.

En particular, era de vital importancia que el nuevo camino cruzara los insalubres Pantanos Pontinos, uno de los principales obstáculos para mandar provisiones y refuerzos a la región en conflicto.

Para tal efecto, los ingenieros diseñaron el primer camino romano digno de ese nombre, construido sobre cimientos y equipado con puentes y una superficie cubierta con adoquines tan apretados que, en palabras del historiador Procopius, las piedras parecían haber ‘crecido juntas’ en lugar de haber sido ensambladas por manos humanas, mientras que otra leyenda relata que Apio Claudio tenía por costumbre caminar descalzo sobre la vía, para probar la calidad de la superficie.

Y en lo que respecta a los pantanos, se levantaron taludes para elevar la carretera y alejar el camino lo más posible de la tierra anegada.

A la postre, aunque la solución fue menos que satisfactoria (la mayoría de los viajeros evitaba ese paso siempre que era posible), no cabe duda que se trató de un hito en la construcción de caminos. 

La longitud de esta ‘primera gran autopista de la historia’ fue de 212 km.

En ampliaciones posteriores, la Vía se extendió hasta la ciudad de Benevento, localizada a 57 km de Capua, esto, en los año inmediatamente posteriores a la Tercera (y última) Guerra Samnita, que fue un vano intento de etruscos, galos e itálicos por contener el impulso expansionista de la República.

Eventualmente, el gran proyecto del censor ‘ciego’ llegaría hasta la ciudad portuaria de Brindisi en el Mar Adriático, alcanzando una longitud total de 589 km. 

La Vía Apia fungió en su momento, no sólo como un camino que permitió el traslado eficiente de pertrechos, mercaderías y transeúntes, sino también como un gran cementerio, una costumbre que parece haberse iniciado con la tumba del propio Apio Claudio, enterrado en un punto cercano a la obra.

El camino, hoy día, se extiende desde las Catacumbas de San Calixto hasta la costa de Apulia, y a lo largo de su trayecto es común encontrar importantes tumbas y mausoleos, como el sepulcro del filósofo Séneca y la tumba de la familia Sisto Pompeo, así como la tumba de Cecilia Metela –uno de los puntos de mayor interés turístico en la actualidad– mujer perteneciente a la nobleza de la época de la República, y que fuera hija de Quinto Cecilio Metelo, quien no sería reconocido de no ser por el nada despreciable mérito de conquistar la isla de Creta. 

Ya en la era cristiana, se continuaron erigiendo monumentos de gran importancia sobre la Reina de los Caminos, como es el caso de la Iglesia del Domine Quo Vadis?, en el punto en el cual, de acuerdo con la historia sagrada, Jesús se le apareció a San Pedro, antes de la crucifixión del Apóstol.

Llegado el siglo XX, Mussolini decidió otorgarle un nuevo cariz nacionalista a la vieja autopista cubriendo las emblemáticas rocas de basalto con una capa de cemento para su conservación.

Posteriormente, la filmografía del neorrealismo italiano se encargaría de perpetuar en la memoria colectiva este camino, sobre todo en las películas de Fellini, Antonioni y De Sica.

Sobra decir que incuso el cine hollywoodense le rindió tributo, al utilizarla como set en 1959 para la película Ben Hur, famosa mega producción de los estudios Metro Godwyn  Mayer. 

Y así, hasta el día de hoy, la atención de grandes tumultos de turistas de todo el mundo perpetúa la fama de uno de los caminos más antiguos de la historia de la humanidad. 

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Itzel González 

Ver publicación original Revista No. 89 

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