Milliarium Aureum una especie en kilómetro cero de la antigua Roma

Milliarium Aureum un monumento que marcaba el inicio de todos los caminos romanos

A decir verdad, para un ciudadano romano de la época imperial —24 a.C./476 d.C. — resultaba mucho más halagador, no tanto pensar “todos los caminos conducen a Roma” sino, por el contrario, que todos los caminos partían de Roma.

En otras palabras, si bien era verdad que la ciudad era el principal punto de arribo de todas las mercaderías del mundo mediterráneo, para los romanos era más importante considerar que la Señora del Mundo era más que un simple mercado: era la fuente de donde emanaban las ideas, las letras, las artes, pero sobre todo el orden, la paz y las leyes; en una palabra, la civilización.

Por esto, en tiempos del emperador Augusto se erigió en el Foro el Milliarium Aureum —la Milla Dorada—, un monumento que marcaba el inicio de todos los caminos romanos, una especie de kilómetro cero de la antigüedad. 

El monumento no era sólo una muestra de orgullo patriótico, aunque había razones de peso para verlo de este modo.

Desde su fundación —753 a.C. —, Roma había mostrado una fuerte vocación de tránsito entre los pueblos de Etruria —actual Toscana— y el Lacio a través del Tíber.

De hecho, es altamente probable que la creación de Roma fuera parte del plan de los etruscos para invadir los pueblos del sur y conseguir de este modo una ruta de comercio a pie con los griegos asentados en lo que se conocía como la Magna Grecia, el extremo meridional de la península itálica. 

Así, los caminos y las calzadas construidos por los romanos tendrían, desde su origen, una finalidad eminentemente militar.

Sin embargo, dicho propósito se volvió vital sólo hasta el año 390 a.C., cuando diversa tribus de galos, habitantes de la Galia —actual Francia—, saquearon e incendiaron Roma.

Hasta ese momento se descubrió que los senderos y pasos naturales empleados para movilizar a las legiones eran inconvenientes, pues impedían el paso acelerado del ejército. 

La primera vía propiamente dicha fue creada en 312 a. C. por el entonces censor Apio Claudio, el Ciego, razón por la cual lleva hasta la actualidad el nombre de Vía Apia.

Esta primera calzada unía Roma con Capua, al sur del Lacio, y de allí partía hasta Bríndisi, principal puerto de comercio con Grecia. 

Ya para finales de la República —segunda mitad del siglo I a.C. —, todo el territorio de la península itálica estaba recorrido por estos grandes ejes, y cada vía llevaba el nombre del censor que la había creado: vía Flaminia —de Roma a Rímini y Ancona—, vía Popilia —de Capua a Regio—, o vía Aurelia —de Roma a Pisa—, entre otras. 

Para época del imperio, la necesidad de comunicación militar sobrepasaba los recursos de los censores y de los ediles —magistrados romanos encargados del mantenimiento de las obras públicas—.

La densa red de caminos que se empezaba a configurar en tiempos de César, que despegaría con Augusto y que, más adelante, culminaría con otros emperadores, debía involucrar los fondos de otras instituciones del gobierno. 

Algunos de los tipos de caminos romanos eran:

  • Las viae publicae —vías públicas— eran las principales carreteras del Imperio, las principales arterias de la red de rutas que unían entre sí a las ciudades más importantes. También son llamadas viae praetoriae —vías pretorianas—, viae militares —vías militares— o viae consulares —vías consulares—. Era el gobierno el que financiaba su construcción, pero se requería una contribución de las ciudades y de los propietarios de las zonas atravesadas por estas vías para garantizar su mantenimiento. A menudo llevan el nombre de la persona que inició el proyecto de su construcción. Por ejemplo, la vía Agripa fue mandada construir por Marco Agripa, amigo cercano del emperador Augusto. En promedio, el ancho de las viae públicae era de 6 a 12 metros.  
  • Las viae vicinales —vías vecinales— partían de las vías públicas y permitían unir entre ellas varias vici —un vicus era un pueblo grande— en una misma región. Tales vías constituían la mayoría de los caminos que formaban la red y se hallaban a cargo de los distintos municipios que comunicaban. La anchura media de una viae vicinalis era de aproximadamente 4 metros. 

  • Las viae privatae —vías privadas— unían las principales propiedades, las villae —haciendas particulares—, con las vías vecinales y públicas. Eran privadas y estaban reservadas para uso exclusivo del propietario que pagaba su construcción por completo. La anchura media de una via privata era de entre 2.5 a 4 metros. 

Las labores de construcción iniciaban con el trabajo de los topógrafos, llamados mensores, quienes utilizaban la dioptra o la groma, dos varas graduadas en forma de T que servían para replantear las alineaciones de la carretera. 

El trazo de las calzadas se hacía, de preferencia, en los terrenos llanos, evitando así al máximo las zonas inundables y las inmediaciones de los ríos.

Por lo general, los caminos se ensanchaban en las curvas para permitir que los carros girasen mejor.  

El Milliarium Aureum constaba de 5 vías públicas

La construcción seguía pasos bien establecidos y, por lo general, inalterables: 

  • Se iniciaba con la deforestación o desbrozado del trazado longitudinal elegido para la calzada.
  • Previamente, se allanaba el firme con las obras necesarias de explanación, desmonte y terraplenado.
  • Se delimitaba la anchura de la calzada mediante dos bordillos paralelos.
  • En el espacio entre los bordillos se colocaba piedra en brutosummacrusta—, creando así una capa de cimentación sólida y resistente.
  • Sobre la cimentación se colocaba un relleno de arena o grava, en una o varias capas de diferentes tamaños, apisonando cada una de ellas y disminuyendo el tamaño del material conforme se iba ascendiendo hasta la capa más superficial —nucleus y rudus—. 
  • Finalmente, se revestía la superficie de la calzada con cantos rodados apisonados, mezclados con arenas, para formar la capa final de rodadura. Se colocaba el milliaruim correspondiente a la distancia respecto a Roma —considerando que una milla equivalía a 1,000 pasos dobles y cada uno de estos a 1.48 metros., dando como resultado que cada milla medía 1.48 kilómetros—. La inclinación de las calzadas jamás superaba los 15°, de acuerdo a las reglas del arte arquitectónico. 

Para la movilización del ejército y el comercio a escala imperial pueden dividirse las principales vías públicas en cinco principales rutas, convergentes todas con la Milliarium Aureum.

Una de ellas, de la que ya se ha hablado, conducía a Regio por la vía Apia y proseguía más allá del estrecho de Mesina hasta Palermo, en Sicilia, y en África desde Cartago a Tánger por un lado y a Alejandría por el otro.

Desde esta última partían otras dos vías: una remontaba el Nilo iba hasta el confín de Nubia; la otra giraba al oriente, atravesaba el istmo de Suez y llegaba hasta Antioquía, en el extremo sur de la actual Turquía. 

Otra ramificación comunicaba a Roma con el norte. Después que el emperador Tiberio —14 d.C.-37 d.C.— conquistó a los pueblos alpinos, el camino que arrancaba en Mutina de la vía Emilia hacia Aquileya fue continuado a través de los Alpes hasta Valdidena —Wilten—.

Ahí se encontraba con la vía principal de los Alpes, que partía de Verona y conducía por el Brenner hasta la misma Valdidena, y más allá hasta Augusta, sobre el Lench, en la actual frontera entre Alemania y Austria.

Los Alpes occidentales también tenía sus grandes senderos: uno por el Monginebra hasta el Arelate; otro desde Aosta, por el pequeño San Bernardo, hasta Ginebra y Estrasburgo, y el otro desde Aosta, por el gran San Bernardo, hasta Maguncia, en el corazón de Germania. 

La tercera ramificación unía a Roma con el oriente. Desde Dirraquio —costa occidental de la actual Albania— partían de la vía Egnacia dos líneas que, cortando Grecia septentrional por su lado occidental y oriental, iban a Atenas.

La misma vía Egnacia iba por Tesalónica a Tracia y desde allí, por un ramal, a Bizancio —Estambul—, y por otro a Galípolis sobre el Helesponto —mar de Mármara—.

Otro gran camino militar arrancaba en Lampsaca y, tras cruzar el Asia menor en toda su longitud, acababa en Antioquía. 

Por último, la cuarta ramificación comunicaba Roma con el occidente por medio de la vía Aurelia. Costeaba el Tirreno y conducía a Génova, Marsella y Arelate.

Desde ahí iba hasta los Pirineos por Narbona, los atravesaba en Juncaria y proseguía a Barcelona, Tarragona y Tortosa: allí salvaba el Ebro y se extendía hasta Gades — Cádiz—, en el extremo meridional de Hispania. 

Las vías romanas permitían a un viajero bordear el mediterráneo — sin pisar ningún suelo que no fuera romano—, adentrarse en el continente y aun pasar a la Britannia, visitando Alejandría, Leptis, Cartago, Cesarea, Cádiz, Córdoba, Barcelona, Lyon, Reims, Boulongne, Dover, Londres, la frontera de Escocia, vuelta a Dover, Leyden, Colonia, Maguncia, Estrasburgo, Milán, Verona, Aquileya, Sofía, Constantinopla, Nicomedia, Ancira, y Antioquía, en un periplo de 13,700 kilómetros. 

Los caminos romanos constituían una enorme ventaja para la circulación de mercancías en todo el imperio.

De hecho, sería difícil comprender la enorme prosperidad de la Roma imperial sin esta tupida red de carreteras que llegó, a finales del siglo II d.C., a comunicar brevemente a Roma con la propia China.

Sin embargo, las calzadas eran, por sobre todo esto, una reafirmación del poder de las armas romanas.

Era una declaración ante cualquier pueblo de que, en caso de sublevación, nada impediría a las legiones marchar contra el enemigo y aplastarlo. Sin duda, eran también un factor de estabilidad para el gobierno. 

Cesar Alejandro Martínez Núñez 

Ver publicación original Revista No. 36

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