La carretera Panamericana sede de una de las carreras más impresionantes

la carretera panamericana fue el proyecto más ambicioso del siglo xx

México fue el primero en terminar de construir su parte¿Cómo se vivieron las primeras carreras de la panamericana?

A pesar del tiempo, la señora Febe González Manzano recuerda con absoluta claridad el primer arranque de la Carrera Panamericana que tuvo oportunidad de ver, hace sesenta años.

Era el año 1951, y se trataba de la segunda edición del certamen automovilístico de velocidad en carretera que, en su momento, fue el más importante y de mayor recorrido en el mundo.

Cartel de la carretera panamericana del año 1951

Ases del volante de la talla de Alberto Ascari y Troy Ruttman, junto con sus vehículos Ferrari, Mercedes y Masserati, entre otras marcas de similar prestigio, se dieron cita ese año en El Ocotal, un pueblito ubicado cerca de Tuxtla Gutiérrez, para iniciar la competencia.

Ése fue el lugar al que llegó la pequeña Febe -de diez años de edad por aquel entonces-, junto con muchos otros lugareños, el 24 de noviembre, a bordo de jeeps Land Rover -casi los únicos automóviles capaces de recorrer los difíciles caminos chiapanecos en la década de los cincuentas- facilitados por las familias influyentes de la región.

Como el banderazo de salida tendría lugar muy temprano en la mañana, la mayoría de los curiosos prefirieron llegar la noche anterior y dormir en tiendas de campaña, para tener la oportunidad de conocer en persona a las celebridades de la carrera, entre las que destacó Teresita Panini, la primera competidora (y no sería la última) de la Panamericana.

Doña Febe recuerda a los competidores: “Venían de todas partes, y eran muy amables con la gente”.

Los muchachos más grandes se acercaban a los pilotos para preguntarles de marcas, motores, y cosas así, mientras los más pequeños admirábamos sus uniformes, intentábamos reconocerlos por las fotos del periódico, y escuchábamos, maravillados, palabras en idiomas desconocidos, o frases en español con acentos irreconocibles”.

Uno de aquellos fantásticos capitanes, cuenta la señora, le acarició la cabeza. Pudo haber sido el legendario “Che” Estrada Menocal, o el pionero de la aviación Carlos Panini, padre y compañero de equipo de Teresita, ninguno de los cuales sobreviviría a la peligrosísima prueba. 

¿A qué se debe su nombre?

A pesar de su nombre de “carrera panamericana”, la competencia era internacional sólo en el sentido de que los participantes venían de todo el mundo, porque la ruta se recorría íntegramente en territorio nacional.

En realidad, el famoso título fue tomado de la Carretera Panamericana, uno de los proyectos americanos de obra pública más ambiciosos del siglo XX, cuya sección mexicana, que va de Chiapas a Chihuahua, fue utilizada como el “circuito” de la competencia anual de 1950 a 1954

la carrera panamericana nombre en honor a la carretera panamericana

¿De dónde surgió la idea?

La idea de conectar el mayor número posible de países americanos a través de un sistema unificado de carreteras nació en 1923, durante la V Conferencia Internacional de los Estados Americanos.

Cinco años más tarde, y con la intención de impulsar la iniciativa, se puso en marcha la “Expedición brasileña de la Carretera Panamericana” con el respaldo del presidente Washington Luis.

Compuesta por tres hombres a bordo de dos automóviles Ford Modelo T, la expedición se lanzó al camino con el objetivo de determinar la ruta que seguiría la futura “carretera de carreteras” transamericana. Borges, Lopes y Fava tardaron diez años en llegar a Nueva York y cumplir con la meta.

Para lograrlo, fue necesario viajar 28 mil kilómetros, cruzar quince países y superar todo tipo de obstáculos (ríos, selvas e, incluso, los Andes), muchas veces a fuerza de pala, pico y dinamita. 

La integración propiamente dicha del tramo único empezó en 1925, a partir de los acuerdos alcanzados durante el Primer Congreso Panamericano de Carreteras, y se basó en gran medida en los resultados que fue obteniendo la expedición brasileña.

En 1950, México se distinguió como el primer país latinoamericano en completar su parte en el proyecto, y lo celebró organizando la primera Carrera Panamericana. 

En la actualidad, el sistema vial más grande del mundo (según el Libro de Records Guinness) mide 25,800 kilómetros, y casi ha cumplido su objetivo de ofrecer la posibilidad de trasladarse desde Alaska hasta la Patagonia sin abandonar el asfalto… excepto por ese “casi” que mide 87 kilómetros y lleva por nombre el Tapón de Darién, un área de densa selva montañosa ubicada entre Panamá y Colombia

La dificultad del terreno no es el único obstáculo que ha opuesto el Tapón a los anhelos de quienes desean completar la Panamericana.

Entre otras cuestiones, existe una gran preocupación por conservar intacta una zona que ya ha sido declarada reserva de la biosfera, tanto en Panamá como en Colombia, donde se la conoce como El Chocó.

Asimismo, se ha mencionado el deseo de proteger la forma de vida de las comunidades indígenas de la región, la necesidad de dificultar el tráfico de drogas, y hasta la utilidad de la región como una barrera natural en contra de la diseminación de ciertas enfermedades endémicas de Sudamérica, como argumentos en contra del “destape” de Darién. 

Con todo, obras como el proyecto colombiano “Transversal de las Américas” del 2008, cuyo objetivo final es alcanzar la integración completa de la red panamericana, ya han empezado a ser construidas. 

En aspectos más “globales” a la Carretera Panamericana tampoco le han faltado críticas.

Por ejemplo, se ha señalado su falta de consistencia, pues abundan los tramos donde las condiciones ambientales, la falta de mantenimiento, o una combinación de estos factores, vuelven muy riesgoso –si no es que de plano imposible- el tránsito por esas zonas.

Vasta, incompleta e incomprensible”, fue la descripción del periodista Jake Silverstein, “como la idea del panamericanismo”. 

Ciertamente, la realidad compleja, desprolija y fragmentada de la ruta, carretera o autopista Panamericana o Interamericana -todos estos, apenas algunos de los nombres que recibe a lo largo del continente-, hace pensar en la confusa y a menudo contradictoria idea de una “comunidad americana”.

Sin embargo, por una razón u otra o, más probablemente, tal vez por una multitud de distintos motivos, el desafío caminero más arrogante de la historia del continente sigue atrayendo recursos y voluntades.

Y lejos de ser puro sueño, esta carretera tiene cuerpo y, como hemos visto, historia, quizás las dos cualidades definitorias de todo lo que es auténticamente “real”. Además de futuro, por supuesto. 

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Daniel Amando Leyva González 

Publicación original Revista No. 36 

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