¿Cómo construir una autopista en medio del desierto? Geoingeniería

La respuesta al problema la dio la geoingeniería.

La Geoingeniería es la integración de los proyectos de ingeniería con la naturaleza.

Hoy en día, lo que mueve a las naciones es el oro negro y sus derivados, mismos que acuciosamente se buscan y se extraen allá donde se encuentren.

Y el desierto ya no es sólo una vía de tránsito para la riqueza sino, por el contrario, es generador de la misma, extraída desde sus mismas entrañas en la forma de gas natural y petróleo

Por mucha que sea la riqueza que se esconda en las entrañas arenosas del desierto, no sirve de nada ni a nadie si no se le hace circular, si no se le traduce en aquello que sirve a algún propósito y que, por ende, tiene algún valor.

Y aunque lo que genera riqueza cambie de forma, lo que no ha cambiado en siglos es la fisonomía del paisaje en el que se le extrae.

El implacable desierto de Taklamakán sigue siendo lo que era cuando, allá en el siglo XIII, los atónitos ojos de Marco Polo lo contemplaron, y plantea exactamente las mismas dificultades que a los mercaderes de antaño. ¿Cómo es que se hace posible el aprovechamiento de recursos que son aparentemente inalcanzables? 

La provincia china de Xinjiang, en cuyo corazón se encuentra el Taklamakán, no sólo es de las más grandes del país; también, se dice, es de las más conflictivas. En el norte y centro de la misma se encontraron importantes yacimientos de petróleo y gas natural que habían de aprovecharse.

Pero la peculiar situación de la provincia, guarnecida no sólo por el desierto, sino también por altos y prácticamente inaccesibles picos, llevó al gobierno chino a pensar en alguna manera viable de aprovechar los recursos y hacer patente su influencia en la región.

Fue así que nació la idea de construir una carretera que atravesara el desierto de norte a sur.

La carretera posibilitaría el transporte expedito de lo extraído en el desierto, amén de que permitiría la comunicación de forma más efectiva con la provincia. Comunicación en todos sentidos, ya que los opositores a la carretera consideraron que la misma tenía más de político que de económico al facilitar, quizás, el transporte de tropas a la provincia en caso de ser necesario. 

La autopista de 552 kilómetros, de los cuales 446 atraviesan el desierto, es ya un logro considerable en sí misma. Pero el Taklamakán no se iba a dejar vencer tan fácilmente: a la construcción se le sumó el problema del mantenimiento.

¿Qué había de hacerse para evitar que, así como las huellas de los viajeros de antaño eran devoradas por las arenas, la autopista desapareciera de un momento a otro, tragada por el inclemente desierto? 

Quizás no se pensó siquiera en algún tipo de contención de concreto, por ejemplo. Tal cosa, aparte de haber resultado costosísima, muy posiblemente a la larga hubiera probado no ser del todo funcional.

También había de pensarse en el mantenimiento, que las duras condiciones del desierto podrían dificultar más todavía.

La respuesta al problema del mantenimiento la dio la geoingeniería

Hoy en día se busca no sólo reducir al mínimo el impacto de la presencia humana, en su sentido más amplio, sobre el medio ambiente, sino también revertir los efectos que ya se sienten en el mismo.

Los proyectos de geoingeniería a gran escala se centran básicamente en mitigar y revertir los efectos de los gases de invernadero en la química atmosférica, pero también se busca, en menor escala, la integración de los proyectos de ingeniería con la naturaleza.

Una solución de este tipo fue la que se buscó para la “contención” de la autopista de Tarim: un cinturón verde de sesenta metros de ancho cuya función no es sólo la de hermosear el paisaje o distraer el ojo de la monotonía de las interminables dunas, sino frenar el correr de las arenas, evitando así que invadan la carretera. 

autopista de tarim

Hacer florecer el desierto 

La creciente demanda de recursos naturales, debida principalmente al incesante aumento en la población mundial, ha llevado al ser humano a transformar su entorno para sobrevivir.

Así, donde hace apenas unas cuantas décadas no se creía posible que medraran más que unas cuantas variedades vegetales, hoy se sabe que hay plantas que resisten, no sólo las condiciones climáticas del desierto, sino también el ser regadas con aguas con alto contenido salino. 

El objetivo primario del ahora conocido como “cinturón verde” es el de “anclar”, por así decirlo, las arenas del desierto con las raíces de las plantas.

Esto impide que las arenas se desplacen, movidas por los vientos que llegan a alcanzar fuerzas y velocidades similares a las de los huracanes.

Para que los arbustos recientemente aclimatados sobrevivan y cumplan su función en tan duras condiciones, hay todo un plan gubernamental detrás.

En pequeñas estaciones de bombeo, situadas a una distancia de cinco kilómetros entre sí, se hallan instalados matrimonios cuya única labor consiste en poner a funcionar las bombas que extraen el agua de los mantos acuáticos del subsuelo.

El resto lo hace el extenso sistema de irrigación construido al propósito

Beduinos modernos 

Esparcidas a lo largo de los 446 kilómetros de la autopista que atraviesa el desierto se encuentran lo que parecen ser pequeñas casitas pintadas en color azul.

En realidad no son tales, sino estaciones de bombeo encargadas del riego de los recientemente aclimatados arbustos que ahora pueblan sus orillas. 

En estas pequeñas estaciones, el gobierno chino ha instalado a parejas que tienen como misión evitar que los arbustos perezcan y, por ende, que las arenas devoren la autopista.

Por la mañana, muy temprano y al caer la tarde, su única tarea consiste en oprimir un botón rojo que pondrá en funcionamiento las bombas.

De cuando en cuando, saldrán a barrer un poco la autopista. 

Una vez al mes, un camión llega a visitarlos, llevándoles las provisiones que de otra manera serían imposibles de encontrar.

A decir de una de las parejas que habitan una estación situada prácticamente en medio del desierto, la tienda más próxima se encuentra a 300 kilómetros de distancia.

Puede suponerse que, a pesar de la importancia de su labor, la vida debe de ser un tanto monótona, como el interminable mar de arena que se extiende ante sus ojos.

Por esto, tener una televisión es más que un lujo: es una manera de conectarse con un mundo que ha de parecer muy lejano. 

La geoingeniería se ha encargado no sólo de evitar que desaparezca una autopista de enorme valor estratégico —ya que asegura el movimiento de las importantes reservas, tanto de petróleo como de gas natural, que se extraen en el campo central de Tarim, que ahora se consideran como las segundas en importancia para China—, sino también de que el desierto avance, haciendo presa en regiones cultivables.

En los últimos años, el gobierno chino ha puesto especial interés en que los habitantes de las localidades que circundan el desierto planten arbustos y árboles que sirvan a manera de murallas naturales para frenar el avance de las arenas. 

No deja de ser controversial en algunos círculos la alteración del paisaje.

Así, no falta quienes cuestionan la posible manipulación genética de las plantas para hacerlas capaces de sobrevivir en el desierto a base de agua salobre.

Y hay quienes no creen que sea saludable para el entorno el alterarlo de tal manera, llevando vegetaciones ajenas a la región —de las que aún se desconoce el impacto que puedan causar—, ya que con la aparición de las mismas necesariamente se rompen los balances de los ecosistemas existentes. Incluso hay quienes afirman que hacer tales cosas no sirve en absoluto porque llegará el momento en que la naturaleza reclamará lo que es suyo y cuestionan la validez de los medios a la luz de resultados que, hasta la fecha, pueden esperarse pero no predecirse con ningún grado de exactitud.

No obstante, hay varias cosas que no pueden ni deben perderse de vista.

El ser humano, a su paso por el planeta, ha modificado su entorno para hacerlo más habitable, para adecuarlo más a sus necesidades, y esta práctica es común a todos los que han tenido que luchar a brazo partido contra la naturaleza para hacerse con un lugar donde vivir.

Y, por otra parte, hay quienes encuentran en el experimento chino un vislumbre de solución al problema de la continua y constante desertificación.

Si es posible modificar plantas de modo tal que sobrevivan en climas que les son ajenos, quizás pronto podrá hablarse, no sólo de barreras naturales constituidas por arbustos “ornamentales”, sino también de cultivos útiles a la alimentación humana.

El futuro puede ser árido pero, al parecer, en el “cinturón verde de Tarim” se encuentra una posible respuesta al futuro que, según algunos, nos alcanzará más pronto que tarde. 

Patricia Ruíz Islas 

Ve el artículo completo en la Revista No. 36 

 

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