Puente Kintai: el reto de construir un puente hace 300 años

Un puente donde caminaron samurais hace 300 años

Los últimos años nos han hecho ver un vertiginoso desarrollo en materia de soluciones de ingeniería. Ya no es extraño ver puentes que atraviesan, prácticamente, la totalidad de un continente, o que conectan países que han estado, por siglos, separados por las aguas. Esto ha hecho que cada vez las distancias sean más cortas, que sea más fácil y más cómodo el transporte y que el tráfico de mercancías sea más fluido. Tanta facilidad y comodidad no han estado siempre presentes, ni han sido siempre los comunes denominadores; sin embargo, acostumbrados como estamos a ir de asombro en asombro con los grandes avances, no es frecuente que nos detengamos a pensar cómo es que problemas que hoy son simples pudieran, hace apenas trescientos años —por poner un ejemplo—, representar complicaciones prácticamente insolubles en un momento en que no se contaba con la tecnología o los medios de que se dispone hoy en día. Las soluciones que se ofrecían puede ser que, en ocasiones, parezcan demasiado cándidas, pero las hay que no dejan de asombrarnos, por más acostumbrados que estemos a la espectacularidad de lo que podemos ser testigos en la actualidad.

Cuando se construyó el castillo de Iwakuni, en la parte oeste de Japón, en 1601, el primer señor del lugar, Kikkawa Hiroie, quiso construir un puente que cruzara el río Nishiki para así conectar el castillo con el pueblo. Sencillo, ¿no? ¿Qué tan difícil puede ser o qué tantas dificultades puede suponer tender un puente sobre un río? Pues en el caso de Iwakuni, la dificultad tardó aproximadamente 72 años en resolverse.

Con anterioridad se habían hecho varios intentos de tender un puente sobre el río; sin embargo, cada vez que subía la corriente, el puente era barrido por las aguas. Los lugareños observaron que los trozos de madera arrastrados por las fuertes corrientes, producto de las crecidas del Nishiki o del aumento en el nivel de las aguas por los tifones, golpeaban fuertemente los pilotes de los puentes, lo que hacía que los mismos se debilitaran y, de manera lógica, se derrumbaran.

En 1673, el tercer señor del lugar, Kikkawa Hiroyoshi, decidió reemplazar los antiguos pilotes de madera por pilotes de piedra. Esto, pensó, haría al puente resistente a las crecidas y a las fuertes corrientes. Al año siguiente, sin embargo, una crecida del río se encargó de probarle que estaba equivocado: el puente fue barrido por las aguas una vez más.

Ya desde los primeros esbozos del puente se presentaba un problema de consideración: su parte superior podía construirse todo lo fuertemente que se quisiera, pero los pilotes tendían a ser frágiles y se derrumbaban ante los embates de las aguas. ¿Qué hacer? Hoy quizás parecería que el problema ni siquiera es tal; en una época en donde los lechos de los ríos se nivelan, se acolchan y se refuerzan con materiales de la era espacial, sorprende que se hayan tardado tanto en dar con una solución viable. Pero así fue: eventualmente se dio con una respuesta al problema, diseñando un puente con cinco arcos que atravesarían el río. Al mismo tiempo se construirían dos pilotes en ambas riberas del río y cuatro “islas” de piedra que servirían de soporte a los arcos que atravesarían el río. El resultado: un puente que abarca, de lado a lado en línea recta, cerca de 175 metros, con 5 metros de ancho a 6.6 metros de altura.

Lo que más sorprende del puente es que en la construcción original no se utilizó un solo clavo. Las estructuras de madera fueron diseñadas de tal forma que encajaran perfectamente unas con otras y todo se reforzó con vigas de metal. Si el puente se mantuvo en su estado casi original durante cerca de trescientos años fue gracias a dos cosas: la primera, que el tercer señor del lugar ordenó un impuesto especial para reconstrucciones periódicas, a modo de mantenimiento, de los segmentos que se encontraban sobre el río. La segunda fue a la increíble labor de los artesanos que permitió que las piezas de madera se sostuvieran en su sitio sin necesidad de apelar a los clavos para mantenerlas en su lugar. Si bien es cierto que el puente se llevó diez años de experimentación, estudio y construcción tentativa, no lo es menos que, sin la labor de esas manos altamente especializadas, todo lo anterior hubiera sido barrido por el río.

¿Cuántas veces se ha restaurado?

El puente, gracias a los cuidadosos trabajos de mantenimiento, se mantuvo en su estado más o menos original hasta 1950, y se había hecho a un lado el uso de los clavos. Sin embargo, para ese año el puente se hallaba un tanto maltrecho: se le había dejado de dar mantenimiento durante la Segunda Guerra Mundial, a lo cual se añadió que, un año antes, para ampliar la base aérea de los Marines estadounidenses en Iwakuni, se había tomado gran cantidad de grava del lecho del río, debilitando las “islas” construidas en el mismo y des-compensando el nivel de las aguas, lo que generó corrientes más fuertes—de las que ya se conocían los efectos sobre los soportes del puente—, e hizo al puente presa fácil del tifón Kezia. El puente Kintai fue reconstruido con todo cuidado en 1953, utilizando las mismas técnicas que los artesanos de antaño para formar las piezas de madera, pero en esta ocasión sí se utilizaron clavos. En un, quizás, guiño al pasado feudal que dio vida al puente, o probablemente como una muestra de respeto hacia el mismo, los clavos son del mismo metal que se utiliza para forjar las famosas katanas, y se trabaja cuidadosamente para alterar su microestructura por medio de cambios de temperatura controlados. El cuidado en la selección del material y el trabajo del mismo parecen poca cosa en comparación con la magnitud de la obra. También se decidió reforzar las islas con corazones de concreto y la estructura de madera recibió aún más protección con hojas de cobre. Todo este trabajo fue de tal calidad que sólo ha requerido de un par de restauraciones parciales, una en 2001 y la otra en 2004.

¿Qué encontrarán los turistas al visitar el puente Kintai?

El visitante contemporáneo que arribe a Iwakuni podrá maravillarse cruzando un puente por el que sólo transitaban los samuráis hace más de trescientos años, previo pago de un peaje destinado al mantenimiento del puente, y que llega a las puertas del castillo mismo. Quizás llegue para el Festival de los Cerezos en Flor, en la primavera, o posiblemente llegue en otoño, para contemplar el fastuoso espectáculo que ofrecen los arces japoneses al cambiar el color de sus hojas a un tono que tiñe de dorado el paisaje; tal vez llegue en verano a presenciar cómo los cormoranes bajan al río a pescar. Como marco único al espectáculo de la naturaleza tendrá ante sí, o bajo sus pies, siglos de ingenio humano encarnado en piezas a las que se contempla como reliquias de un pasado que, dada la aparente simpleza de sus soluciones, se antoja remoto, remotísimo, pero que en sí mismas contienen los gérmenes de las magnas obras a las que el espectador actual está tan acostumbrado, mismas que no son sino la expresión del conocimiento humano acumulado a través de los siglos y representado fastuosamente por construcciones como el puente Kintai, en el que se conjugan belleza e ingenio.

PATRICIA RUÍZ ISLAS

Revista 25

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