¿Qué hay detrás de la mega-construcción del Cristo de Brasil?

Conoce el misticismo de la construcción del Cristo de corcovado

“La fe mueve montañas”, reza el dicho.

Es esa misma fe la que ha movido, a través de su historia, a la humanidad en su conjunto a llevar a cabo obras que quizás, de no estar ésta de por medio, jamás se hubieran logrado.

La fe, entendida como sentimiento religioso, ciertamente no conoce de imposibles; una de las manifestaciones materiales de la misma más imponentes son siempre los templos y catedrales que aparecen allá donde se agrupe un puñado de creyentes que deseen honrar a su divinidad de acuerdo a lo que su misma fe les dicta como más apropiado; los desafíos a la física que enfrentaron los primeros constructores de grandes edificaciones religiosas parecen correr parejos con la dimensión de la fe de los creyentes. 

Los edificios dedicados a fines religiosos no sólo sirven a propósitos ceremoniales; muchas veces son sus mismas dimensiones y la belleza que parece faltarles sólo en contadísimas ocasiones las que atraen las miradas de propios y extraños, fundiéndose en el paisaje de las ciudades donde fueron erigidos, volviéndose parte consustancial del paisaje al punto de que la ciudad no puede ser separada de él y se convierte hasta en su símbolo, en la imagen con la que de primera instancia se le identifica. 

La ciudad de Río de Janeiro, en Brasil, es famosa por sus playas, su carnaval y la monumental estatua del Cristo Redentor sita en el cerro de Corcovado.

Casi podría decirse que, si se habla de Río, se habla del Cristo del Corcovado.

La monumental imagen se puede ver desde antes de llegar a la ciudad, por aire; y una vez en la ciudad, de día o de noche, su presencia es prácticamente ineludible: a la luz del día, pareciera querer abarcar a la ciudad con sus brazos que se extienden apuntando uno, hacia la parte norte de la ciudad y el otro hacia la parte sur; de noche, se ilumina para que tanto los habitantes de la ciudad como los visitantes no olviden que está ahí, en la cima del cerro, en actitud de proteger a la ciudad. 

Brasil es el país del mundo que tiene la mayor concentración de población católica en el mundo, con el 73.5% de sus más de ciento noventa millones de habitantes habiendo declarado profesar ese credo según los datos del censo llevado a cabo en el año 2000.

En un país en el que el catolicismo echó hondas raíces desde hace casi quinientos años, no es de sorprender que uno de los monumentos más representativos del mismo sea, justamente, una colosal estatua de Cristo, la cual, en este 2019 celebrará su cumpleaños 97, en un día por demás significativo para América Latina y que, podría afirmarse, hizo posible que la construcción de la misma se convirtiera con el tiempo en una realidad: el 12 de octubre. 

En 1921 se consideró la construcción de un monumento para conmemorar el centenario de la independencia de Brasil.

Sin embargo, ya desde mediados del siglo XIX se había pensado en la construcción de una estatua en la cima del cerro del Corcovado; cuando el sacerdote Pedro María Boss acudió con la princesa Isabel-conocida como “La Redentora” por su papel en la abolición de la esclavitud- con la idea de un monumento en la cima del Corcovado, no contó con que la fase de imperio independiente del país estaba a punto de ver su fin.

Al establecerse la república, en 1889, se decretó la separación de la Iglesia del Estado, por lo que la solicitud de financiamiento para una estatua de corte religioso no tuvo éxito y la idea se desechó por completo.

No fue sino hasta septiembre de 1921 que el Círculo Católico de Río sugirió nuevamente la idea de erigir un monumento en la cima del cerro del Corcovado que fuera no sólo conmemorativo sino que también fungiera casi como símbolo de la ciudad.

A este fin se sugirieron varios modelos: una cruz y variaciones de la figura de Cristo hasta que por fin se eligió la figura del Redentor con los brazos abiertos, por considerarse como la más apropiada debido a su magnitud.

Después, hubo de considerarse cuál sería la situación de la estatua: brevemente se consideró colocarla sobre el montículo conocido como el Pan de Azúcar, que surge de las aguas del mar, pero esto se desechó, favoreciendo la idea original que era colocarla en la cima del Corcovado.

En 1921 se consideró la construcción de un monumento para conmemorar el centenario de la independencia de Brasil.

El ingeniero brasileño Heitor da Silva Costa diseñó la estatua, que fue esculpida en estilo Art-Deco por Jean Paul Landowski, quien ya gozaba de renombre gracias a sus obras, entre las que se contaban, hasta ese momento, la estatua de David que le hizo acreedor al Premio de Roma de 1900 y el conjunto escultórico que se encuentra en el Muro de la Reforma de la Universidad de Ginebra, donde se ven representados los máximos exponentes de la Reforma Protestante, entre los que destaca la figura de John Calvin, fundador, a su vez, de la antedicha universidad.

El francés Albert Caquot, reconocido ingeniero por su trabajo con el concreto reforzado, la geotécnica y diseño de cimentaciones, y sus aportaciones a las ingenierías estructural y aeronáutica, diseñó la estructura interna del Cristo; para este fin, decidió que era mejor emplear el concreto reforzado que el acero, mientras que el material elegido para el exterior fue la esteatita; si bien no es un mineral de una dureza que pudiera llamarse excepcional, su maleabilidad y resistencia a condiciones climáticas extremosas lo hicieron la mejor opción una vez se tomaron en cuenta las condiciones de Río.

La construcción de la gigantesca estatua se financió mediante la que se llamó la Semana del Monumento, que fue una suerte de colecta a lo largo y ancho de Brasil para recabar los fondos necesarios. 

Para los turistas y curiosos que gustan de subir al cerro para ver de cerca la imponente estatua, amén del impresionante panorama de la ciudad, la laguna Rodrigo de Freitas y el mar, disfrutan también de la emoción de subir a la cima, a 700 metros, por un camino que ha sido llamado “tirabuzón” a través de lo que hoy en día es el Parque Nacional de Tijuca.

Pero, muchos reconocen, es un camino bastante difícil y algo más que un poco accidentado.

Si actualmente ofrece dificultades, ¿qué no habrá sido en 1922, cuando comenzó la construcción?

Fue el último emperador de Brasil, Dom Pedro II, el que ayudó a resolver la dificultad unos sesenta años antes, amén de haber sido también quien proporcionó a la región el propio Parque Nacional, ya que se dice que fue el mismo emperador, junto con un grupo de seis esclavos, quien se encargó de reforestar el cerro, ya completamente erosionado, víctima de la sobreexplotación cafetalera.

Es este mismo emperador quien comenzó los trabajos, en 1859, del tren eléctrico que da servicio hasta el día de hoy, sin el cual no hubiera sido posible el traslado de las piezas de la estatua hasta la cima del cerro, donde serían ensambladas y colocadas en su sitio definitivo. 

Como es lógico suponer de una estatua de 38 metros de altura y 635 toneladas de peso, el Cristo del Corcovado-que es el apelativo correcto, según la Fundación del Español Urgente de Perú-ostenta la marca de ser la imagen de Cristo más grande del mundo, a pesar de que en años recientes, una estatua, a imagen y semejanza de la de Río, construida en Polonia, le quiere arrebatar la marca ya que es supuestamente dos metros más alta; pero los defensores del Cristo brasileño alegan que si bien alcanza la altura de 40.2 metros, eso se debe más bien al pedestal sobre el que se encuentra.

¿El Cristo de Corcovado es milagroso?

Pero el récord más sorprendente que ostenta se debe a que durante su construcción, que se extendió de 1922 a 1931, no se registró un solo accidente.

Dada la altura del cerro, que son 700 metros, más la propia altura de la estatua y tomando en cuenta que ambos brazos se extienden al vacío 28 metros, tomando en cuenta el ancho del pecho, no es poca cosa.

Y, finalmente, cuando se inauguró, el 12 de octubre de 1931, se contaba con que Guglielmo Marconi, el ganador del Nobel en 1909 por su contribución a la telegrafía sin hilos, operara desde Roma, a algo así como 9,200 kilómetros de distancia, un sistema que debía de iluminar la estatua; desafortunadamente, las condiciones climáticas afectaron la señal y tuvo que ser iluminada por operarios in situ, lo cual no disminuyó en absoluto el fasto de la ceremonia, presidida por el entonces mandatario devenido en dictador Getulio Vargas. 

En el 2003, como parte de una serie de trabajos de mantenimiento, se instalaron escaleras eléctricas con capacidad para transportar a nueve mil personas por hora, así como tres elevadores panorámicos que transportan a 14 personas por viaje.

En el año de 2006, para festejar el “cumpleaños” número 75 del Cristo, se consagró una capilla dedicada a la santa patrona del Brasil: Nuestra Señora Aparecida.

La capilla tiene una capacidad para 150 fieles que podrán asistir a bodas o bautizos.

Al año siguiente, el 7 de julio, el Cristo Redentor fue nombrado una de las Nuevas Maravillas del Mundo, en un “concurso” celebrado a nivel mundial, auspiciado por The New Open World Corporation, de Suiza. 

La fe, que fue la que financió casi en su totalidad la construcción del Cristo-ya que se dice que el cuarto de millón de dólares que costó su edificación (unos tres millones de dólares al cambio actual) salió de los bolsillos de los fieles brasileños-, le ha atribuido al monumento la ejecución de milagros, como por ejemplo, en febrero del 2008, cuando una violenta tormenta eléctrica azotó Río provocando un incendio en Tijuca, un rayo cayó de lleno sobre el Cristo; a pesar de esto, no sufrió mayores daños.

Su carácter supuestamente milagroso no salvó al Cristo de amanecer el viernes 16 de abril del 2010, cubierto de graffiti; no se sabe si lo que ofendió más al alcalde de Río fueron las pintas en sí o los mensajes-ya que en algunos se aludía a personas supuestamente desaparecidas por el régimen actual-, pero, tras declarar que el hecho fue “un crimen contra la nación”, las autoridades se dieron a la búsqueda del criminal, que resultó ser, presuntamente, un pintor de brocha gorda.

Y los poderes que se le atribuyen tampoco han conseguido ablandar los duros corazones de los taxistas ni consigue proteger a los turistas que lo visitan de los abusos que cometen aquellos, según reporta la policía turística de Río; para evitar esto, se les recomienda a los visitantes utilizar el mismo tren eléctrico que mandó construir Dom Pedro II allá a mediados del siglo XIX. 

Milagrosa o no, la imponente estatua del Cristo Redentor se levanta, dicen algunos, como símbolo de la fe y del amor de Cristo, que a todos abre sus brazos.

Otros afirman que es un resumen del carácter brasileño, que recibe con los brazos abiertos y un gesto de perpetua bienvenida a todos los que llegan a la colorida ciudad de Río de Janeiro. 

PATRICIA RUÍZ ISLAS 

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