El Ocean Dome de Japón

¿Realmente hay manera de evitar todo lo que una salida de vacaciones implica? ¿Hay forma de lograr las vacaciones perfectas? La primera respuesta que se viene a la mente es “no”. Simplemente son demasiados los imponderables que pueden presentarse en una salida a la playa, la contaminación no se puede revertir tan fácilmente y el clima no se puede controlar. A estos aparentemente insolubles problemas, los japoneses—¿quiénes más?—plantearon una audaz solución: una playa perfecta, una porción de paraíso en la Tierra donde todo estuviera bajo control: el Seagaia Ocean Dome.

En la prefectura de Miyazaki, en la ciudad del mismo nombre, en la isla de Kyushu, la más al sur de Japón, se encuentra el complejo turístico Phoenix Seagaia Resort, una parte del cual es el Ocean Dome. ¿Qué puede tener de sorprendente una playa de imitación? Bueno, para empezar, el Dome ostenta el récord Guiness al parque acuático más grande del mundo. Quizás el apelativo de “parque acuático” le reste en algo a la espectacularidad de esta construcción: en realidad, debería decirse que es la recreación de una playa pero en las mejores circunstancias de clima y temperatura los 365 días del año, todo, desde luego, controlado con la más alta tecnología.

El Dome fue diseñado por Mitsubishi Heavy Industries Ltd., y abrió en 1993; el costo de construcción fue de dos mil millones de dólares. ¡Tanto dinero para una playa artificial! Pero no es cualquier playa: en el Ocean Dome, la temperatura ambiente permanece constante a 30oC y la temperatura del agua, a 28o. La “arena” es de mármol chino pulverizado y se mantiene impecable gracias a cierta rigidez en las normas para hacer uso de la playa artificial, como que los visitantes no pueden ingresar calzados al espacio de playa. Ciertamente, mantener un orden estricto para que las condiciones de higiene sean las óptimas sería punto menos que imposible en un espacio como una playa pública. El lugar tiene cabida para diez mil visitantes quienes, por un costo equivalente a los $50 dólares, pueden disfrutar de las instalaciones distribuidas en los tres niveles de la construcción: cafés y restaurantes, boutiques con los últimos gritos de la moda en trajes de baño, un “paseo de playa”, palmeras plásticas, guacamayas y loros exóticos mecanizados que lanzan sus característicos “gritos” cada cierto tiempo, una inmensa piscina con olas para hacer surf, el generador de las cuales es de los

mismos diseñadores del proyecto y cada hora, mediante sus cuarenta cámaras de vacío controladas por computadora crea olas de más de dos metros, toboganes, vaya, hasta volcanes que hacen erupción cada cuarto de hora. Por si fuera poco, también hay un espectáculo de música y baile “tropicales” que se ofrece en las noches.

Lo más sorprendente, sin embargo, no es todo el oropel y guardarropía que se encuentra dentro de las instalaciones. Hace falta algo más que loros de plástico para conseguir el clima perfecto y a este propósito es que fue diseñado el domo que le da el nombre a la construcción. El domo, que transforma al Dome de una playa artificial en “la” playa de la Era Espacial, de 300 metros de ancho por 100 de largo y a una altura de 38 metros, es una estructura de acero que se pliega o se abre, dependiendo de las condiciones climáticas, en cuatro partes para permitir el paso de la luz solar o impedir que la lluvia caiga sobre los bañistas. El domo igualmente se cierra si se considera que la temperatura desciende por debajo del nivel medio en el Ocean Dome. Es en parte esta espectacular estructura lo que llamó la atención de los récords Guiness, ya que un domo replegable de esas dimensiones no existía ni siquiera en los grandes estadios deportivos cubiertos de Estados Unidos y hasta la fecha, no ha sido superado por ninguna otra estructura similar.

Este gran despliegue de tecnología destinado exclusivamente a la diversión experimentó graves problemas financieros en el 2001; prácticamente desde su apertura, nunca pudo llenar las expectativas de las proyecciones hechas antes de su apertura, según las cuales, se esperaban más de cinco millones de visitantes; cuando más visitantes recibió fue en 1995, apenas rebasando los tres millones. Ya hacia 1999, el Dome debía más de mil millones de dólares y en el 2001 se declaró en bancarrota y fue vendido a Ripplewood LLC. Finalmente, el proyecto fue abandonado por completo en el 2007. Al día de hoy, puede verse el inmenso domo brillando al sol de Miyazaki, mientras que el interior permanece cerrado, muy probablemente para no volver a abrir. La gran paradoja es que a tan solo 300 metros de este alarde tecnológico que hoy yace prácticamente abandonado, con todo y su domo premiado, se encuentra la playa pública.

¿Es acaso el triste destino del Ocean Dome una suerte de advertencia de que las creaciones humanas nunca podrán competir con la naturaleza misma? Quizás. Pero, a pesar de su corto tiempo en funcionamiento—corto, si se toman en cuenta los recursos monetarios y tecnológicos invertidos—hay quienes ven en la asepsia y en el ambiente completamente controlado del Ocean Dome la respuesta a un mar cada vez más contaminado y cada vez más insalubre. Cualquiera que haya sido su destino y cualesquiera que hayan sido las causas de su baja, no se puede negar, a pesar de todo, que el Ocean Dome pudo probar, aunque fuera por un breve tiempo, que cuando el ingenio humano se pone en marcha, es capaz de engañar, aunque sea por un instante, hasta a la misma naturaleza.

Patricia Ruíz Islas

Julio 2011

Revista 31

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