Miguel Ángel de Quevedo

“El Apóstol del Árbol”

La ciudad de Guadalajara, Jalisco, fue el lugar dónde, el 27 de septiembre de 1862, nació quien ha sido considerado como el apóstol del árbol: Miguel Ángel de Quevedo. Sus padres fueron José Valente García de Quevedo y Ángela Zubieta. Tras la muerte de sus padres quedó bajo la custodia de su tío, canónigo en una iglesia en Bayonne, Francia. Allí, Miguel Ángel decidió que su futuro sería la ingeniería.

En 1883, Quevedo recibió el grado de bachiller en ciencias en la Universidad de Burdeos. Con su título y una recomendación de Gastón Planté, miembro de la Academia de Ciencias de Francia a quien había comunicado su interés por estudiar ingeniería, Quevedo marchó a París para proseguir su educación. Rápidamente se inscribió en el Instituto de Astronomía y Meteorología de Flammarion, decisión que enfureció a Planté, que acusó a su joven pupilo de tener una atracción recurrente por la astronomía y abandonar los intereses de su país, que necesitaba ingenieros y no astrónomos; eventualmente, Planté lo persuadió de estudiar ingeniería en la Escuela Politécnica. En dicha escuela, Quevedo aprendió de la importancia de la conservación de los bosques, y recibió cátedras de destacados ingenieros como Alfredo Durand – Claye y Paul Laroche.

En 1887, Miguel Ángel de Quevedo recibió su diploma como ingeniero civil, con especialización en ingeniería hidráulica. Más tarde volvió a México, ansioso de aplicar lo que había aprendido en la escuela. A causa de los obstáculos elementales que enfrentó al desarrollar varios proyectos de ingeniería, Quevedo recordaba constantemente el consejo de Durand – Claye sobre la necesidad de instrumentar una adecuada protección forestal en México.

El primer trabajo de Quevedo fue como supervisor del proyecto de desagüe en el Valle de México. Sus actividades se cifraron en la supervisión de la construcción del Gran Canal y de un gran túnel en el extremo noreste del valle que sacaría miles de metros cúbicos de los lagos que rodeaban a la Ciudad de México.

Después de su intervención en las obras del drenaje, Quevedo logró un puesto como consultor de una compañía de ferrocarriles en el Valle de México. Mientras supervisaba la construcción de unas líneas en el sector oeste del valle, Quevedo fue testigo de las destructivas inundaciones que asolaban la región. Al analizar el problema, descubrió que la parte alta del valle carecía totalmente de árboles, y resolvió que era necesaria la reforestación de la zona Como director de obras portuarias en Veracruz, entre 1890 y 1893, sus cuadrillas trabajaron asiduamente bajo adversas condiciones para terminar la construcción de un gran dique a la entrada de la bahía. Allí también se per- cató de que, debido a los fuertes vientos, los trabajadores no podían realizar correctamente sus actividades, además de que la propagación de la fiebre amarilla y la malaria representaba una grave amenaza.

Una década después, Quevedo regresó a Veracruz para plantar árboles, como medio para reducir la severidad de las tormentas de arena y la incidencia de la fiebre amarilla y la malaria.

En 1893, una compañía hidroeléctrica franco – suiza contrató a Quevedo para investigar el potencial de energía hidráulica en México. El reporte que presentó a sus patrones se centró en exponer cómo la reducción del flujo de las corrientes de agua y la sedimentación reducían la producción de energía eléctrica en presas ubicadas cerca de áreas donde los árboles habían sido talados. Durante sus siete años como consultor de la compañía, encontró amplia evidencia para apoyar su opinión de que los bosques jugaban un papel crítico en regular el ciclo hidrológico.

En 1901, Quevedo habló sobre este asunto ante el Segundo Congreso Nacional sobre Clima y Meteorología, donde los asistentes a la conferencia escucharon su planteamiento sobre la forma en que la destrucción de los bosques afectaba negativamente las provisiones de agua:

La falta de vegetación en extensas áreas de nuestro país y, particularmente, la falta de bosques agrava, de manera muy peligrosa, la irregularidad de las lluvias y de las corrientes de agua, a tal grado que las soluciones a los problemas de riqueza agrícola e industrial serán imposibles si uno sigue talando los bosques.

El mensaje de Quevedo recibió diversas respuestas, y algunos de los delegados rebatieron su llamado para emitir leyes de conservación, al asegurar que la protección de los bosques nacionales se podría lograr educación. Al final, sin embargo, el congreso acordó que, para regularizar el agua superficial y subterránea, para el mejor uso de esas aguas, y para asegurar la salud pública, era necesario restaurar y conservar los bosques, y que era imperativo legislar para lograr estos fines lo más pronto posible. El principal apoyo que Quevedo recibió en el congreso fue de un grupo de ingenieros.

En 1901 gestionó la creación de
parques en la Ciudad de México. En
1900, los parques y jardines comprendían menos del 2% de la superficie urbana abierta de la Ciudad de México; como resultado del programa de parques impulsado por Quevedo, la relación había aumentado hasta 16% al comienzo de la década siguiente. En términos numéricos, Quevedo había aumentado el número de parques en la Ciudad de México de dos a treinta y cuatro.

Con la ayuda de José Yves Limantour, secretario de Hacienda y miembro del círculo más cercano a Porfirio Díaz, Quevedo obtuvo recursos para otro proyecto crítico: la ampliación de los viveros forestales que él había establecido en Coyoacán

En 1907, Quevedo volvió a Europa, donde acudió al Segundo Congreso Internacional sobre Higiene Pública y Problemas Urbanos, llevado a cabo en Berlín. Ahí escuchó con atención a delegados que recomendaban la creación de zonas forestales protegidas alrededor de las ciudades, y que los bosques fuesen usados para secar los pantanos. Después del congreso en Berlín, Quevedo se

entrevistó con los directores del servicio forestal de varios países europeos.

Al regresar a México, en 1908, convenció a Porfirio Díaz para crear dunas arboladas artificiales en Veracruz, con las que se pudo contar en 1913.

En 1909, Miguel Ángel de Quevedo recibió una invitación del presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, para asistir a la conferencia internacional norteamericana sobre la conservación de los recursos naturales, a celebrarse en Washington, D.C. Su asistencia fue una grata sorpresa para los conservacionistas dentro de la administración Roosevelt. Éste había dado instrucciones al jefe del servicio forestal, Gifford Pinchot, de buscar a un delegado mexicano para la conferencia, y Pinchot se sorprendió mucho al conocer los esfuerzos de Quevedo para la reforestación alrededor de la Ciudad de México. Ni Roosevelt ni Pinchot habían tenido conocimiento de las actividades de conservación en México.

Sin embargo, Quevedo y Pinchot diferían fundamentalmente en sus razonamientos sobre la conservación de los bosques. Pinchot creía que la conservación de los bosques debía ser adoptada para evitar una escasez de madera en los Estados Unidos, y veía la conservación como un asunto puramente económico. Por el contrario, Quevedo, debido a su educación y experiencia como ingeniero en México, había desarrollado una apreciación de los diversos beneficios que provenían de los bosques.

Quevedo explicaba así a los delegados el porqué las preocupaciones forestales eran más amplias en México que en los Estados Unidos y en Canadá:

Debido a las formas en que los bosques ayudan al orden general estabilizando suelos, reduciendo las sequías, e impidiendo inundaciones, es necesario evitar más desforestación del suelo mexicano; éste es un asunto más apremiante y serio que en los Estados Unidos y Canadá, en cuyos territorios […] los bosques son meramente un punto económico, restringido a proporcionar madera para las necesidades presentes y futuras, y el efecto que la desforestación puede tener en los ciclos hidrológicos y la productividad agrícola es de menor significación que en México.

El gobierno siguió las recomendaciones: a fines de 1909, ordenó suspender la venta de terrenos nacionales, y la Secretaría de Obras Públicas anunció que no daría concesiones para la explotación de bosques en terrenos que se determinara deberían ser conservados para el bien público. El gobierno también se adjudicó el poder de expropiar, cuando fuese necesario, para la reforestación de tierras sin árboles, y para mantener manantiales y corrientes de agua que aprovisionaran de agua y proporcionaran otros beneficios de salud pública a las ciudades.

Durante la corta administración de Francisco I. Madero, las metas de conservación de Quevedo en México parecían alcanzables. Madero demostró un interés ávido en la conservación, apoyando los esfuerzos de Quevedo para drenar pantanos, establecer plantaciones forestales y, de hecho, creó una reserva forestal en el territorio de Quintana Roo. Sin embargo, Quevedo no tuvo surte con Huerta, de tal

manera que se vio obligado a ir al exilio en 1914.

Después de la derrota de Huerta, Quevedo regresó a México para continuar con su cabildeo para la conservación de los bosques. Trabajó en pareja con el secretario de Obras Públicas, Pastor Rouaix, y convenció al presidente Venustiano Carranza, en 1917, para que se estableciera el Desierto de los Leones como el primer parque nacional de México. También logró otro de sus objetivos cuando persuadió a los diputados al Congreso Constituyente para que incluyeran un inciso de tipo conservacionista dentro de la Carta Magna, que cimentaría la legislación ecologista posrevolucionaria de México. Así, el artículo 27o de la Constitución de 1917 establece:

La nación siempre tendrá el derecho de imponer, sobre la propiedad privada, las reglas que dicte el interés público, y de reglamentar el uso de los elementos naturales susceptibles de apropiación de modo de distribuir equitativamente la riqueza pública y salvaguardar su conservación.”

Después de la muerte de su esposa por la influenza española en 1918, un Quevedo aquejado por la tristeza abandonó temporalmente sus actividades de conservación. Sus amigos buscaron proyectos que le ocuparan su mente, y después de algo de presión lo convencieron de continuar su lucha para proteger los recursos naturales de México.

Quevedo trabajó en favor de la fauna silvestre de la nación, y también de sus bosques. En forma destacada encabezó el Comité Mexicano para la Protección de las Aves Silvestres durante la década de 1930, organización creada en 1931 como filial del Comité Internacional de Protección a las Aves. El comité mantenía la tesis de que existía una racionalidad científica ética, económica y estética para la protección de las aves silvestres, y lamentaba el hecho de que, debido a la irrestricta cacería y desforestación, las aves no habían dispuesto del espacio necesario para reproducirse. La pérdida de vida alada no sólo había disminuido el encanto de los bosques, también había llevado al incremento del daño por insectos nocivos a los huertos, campos de cultivo y bosques. El comité se comprometía a educar a la juventud del país sobre el valor de las aves, a publicar folletos, a organizar conferencias y exposiciones fotográficas, a promover la reforestación y la creación de parques urbanos, a urgir a las autoridades para crear leyes de conservación, y a estudiar el papel ecológico de las aves.

Quevedo aportó su nombre y algo de sus energías a los esfuerzos para salvar a las aves, pero su principal preocupación era la conservación de los bosques. En 1922 creó la Sociedad Forestal Mexicana, que era la reencarnación de la Junta Central de Bosques. Un año más tarde, la sociedad publicó el primer número de México Forestal.

En la campaña presidencial de 1934, Lázaro Cárdenas inquirió a Quevedo sobre su interés de encabezar un Departamento Autónomo Forestal, de Pesca y de Caza. Modestamente, al principio rechazó el ofrecimiento, con el argumento de

que era ingeniero y no político. Entonces, Cárdenas lo invitó a acompañarlo en un acto de campaña en Veracruz; después de la visita, y de felicitar a Quevedo por su trabajo en la creación de dunas arboladas – proyecto que había retomado a fines de la década de 1920–, Cárdenas volvió a preguntarle si tomaría el puesto, y esta vez Quevedo aceptó.

Las décadas de 1920 y 1930 fueron un periodo productivo para la conservación en México. Cuando Cárdenas llegó a la presidencia, las principales leyes de conservación ya estaban publicadas, y era el momento, tanto de hacerlas cumplir, como de educar a la ciudadanía sobre la necesidad de la conservación.

El apóstol del árbol, Miguel Ángel de Quevedo, murió el 15 de julio de 1946, a los 84 años de edad.

Julio – Agosto 2009

Revista 10

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