Ada Augusta Lovelace

La encantadora de números

El pasado 16 de octubre, en la página de inicio de un conocido motor de búsqueda apareció la imagen de una mujer sentada ante un escritorio con una pluma en la mano, enfrascada —en apariencia— en la labor de escribir. Una cinta de papel que parecía contener algún tipo de escritura formaba el nombre del buscador: ¿Quién era la misteriosa mujer del doodle? ¿Alguna escritora del siglo XIX, quizás? No hubiera sido raro, ya que las escritoras experimentaron un periodo de auge durante ese siglo, por lo menos en lo que a Inglaterra concierne. Sin embargo, la mujer de la imagen hablaba un lenguaje distinto al de sus contemporáneos que se dedicaron a la palabra; se trataba ni más ni menos, que de “la encantadora de números”, como la llamaba su colaborador y amigo de toda la vida, Charles Babbage, se trataba, para decirlo pronto, de Ada Augusta Lovelace la primera programadora del mundo.

Ada Augusta aprendió a hablar en números desde muy pequeña, principalmente gracias a la influencia de su madre Anne Isabella Milbanke, matemática aficionada de mente privilegiada que había sido educada como si de un estudiante de Cambridge se tratara. Anabella, como se le conoció, tenía estudios, aparte de en matemáticas – que mucho deleitaban-, en filosofía, literatura clásica y ciencias.

Sin embargo, cuando se vio a cargo de la educación de su hija, decidió eliminar la literatura del programa. ¿No hubiera resultado lógico que siendo Ada hija de un poeta, Lord Byton, recibiera una educación más inclinada hacia las letras? Tal vez. No obstante, es posible que la razón por la cual Anabella mantuvo a la pequeña Ada alejada de las letras se encuentre en su tormentoso matrimonio con el poeta.

George Gordon, Lord Byron, llegó al matrimonio con bastantes problemas económicos. A pesar de que los dos cantos de su poema Childe Haold`s Pilgrimage habían conseguido mucho éxito, él consideraba que las ofertas en lo económico no bastaban. La ansiedad del poeta subía de punto a la par que la preocupación de su esposa. ¿Estaría volviéndose loco su marido? Las

tribulaciones económicas de Byron le provocaban violentos cambios de humor, mismos que Anabella registraba cuidadosamente buscando sustentar su suposición acerca del estado mental de su esposo. Anabella marchó a casa de sus padres en enero de 1816, llevando consigo a la pequeña Ada, de apenas un mes de nacida. Por su parte, Byron se marcharía de Inglaterra en abril de ese mismo año para no regresar jamás. La pedregosa relación entre la “princesa de los paralelogramos”, como burlonamente la llamaba Byron, y el poeta en cuya excéntrica existencia se encarnaban los vicios y las virtudes del romanticismo, terminó en un sonado divorcio, cuya notoriedad alcanzó a la niña producto de esa unión.

Programación sin computadora

De todas formas, no se puede evitar que surja la pregunta: ¿qué fue lo que hizo esta mujer, fuera de ser la hija de un famoso poeta y de haber sido alcanzada de refilón por el escándalo del divorcio de sus padres? Para responder al cuestionamiento, imagínese por un momento un mundo sin computadoras: no un mundo en el que no haya computadoras pero en el que exista la consciencia de su existencia sino, por el contrario, un mundo donde la sola idea de que una máquina pudiera llevar a cabo operaciones que, se pensaba, estaban reservadas exclusivamente al cerebro humano, resultaba descabellada, por decir lo menos. En un ambiente científico de ese tipo, en el que nadie pensaba que una máquina así pudiera llegar a tomar forma algún día, y mucho menos funcionar, fue que llegó Charles Babbage a proponer la idea de la Máquina Analítica.

¿Qué era la Máquina Analítica? Babbage llevaba ya varios años ideando una maquina que pudiera llevar a cabo cálculos que, hechos por humanos, daban pie a un gran margen de error. Si se mencionaban estos cálculos, pensaba Babbage, los errores simplemente desaparecerían. La Analitica, entonces, sería una maquina que se podría programar por medio de tarjetas perforadas, como el telar del francés Jacquard, y que sería capaz de formular resultados basados en cálculos anteriores. El matemático, filosofo, inventor e ingeniero mecánico ya llevaba más de diez años experimentando con la creación de máquinas cuando fue presentado a Ada Augusta por Mary Somerville. Ésta notable mujer, astrónoma y matemática, traductora al inglés de la obra de Laplace La mecánica celeste y autora de textos empleados en Cambridge para la enseñanza, había sido mentora de Ada en sus andanzas matemáticas. En una cena ofrecida por ella, Ada escucharía por primera vez las ideas del inventor y quedaría profundamente impresionada ante la noción de una máquina que no fuera simplemente una calculadora, sino que pudiera predecir y actuar basándose en esa predicción.

Casi diez años después de este primer encuentro, Babbage dio un seminario acerca de su Máquina Analítica, sus desarrollos y descubrimientos, en Turín, en el otoño de 1841. El matemático italiano Luigi Menabrea redactó unas memorias del seminario y las publicó en francés. Ada Augusta, a petición de Babbage, tradujo el escrito del italiano al inglés, añadiendo sus propias notas, que resultaron ser más largas que el texto original. Hay que entender, sin embargo, que la tarea de anotar

la traducción no era sencilla. Para empezar, había que explicar de qué se trataba la máquina y qué era lo que, supuestamente, se esperaba que hiciera. Ada Augusta no solo hizo esto sino que también, en uno de los apéndices, escribió un algoritmo para calcular una secuencia de números de Bernoulli que, de haberse construido la máquina, hubiera corrido sin ningún problema. Es por esto que se le conoce como la primera programadora del mundo, mérito no pequeño si se toma en consideración que la máquina para la que se escribió el programa realmente no existía fuera de la cabeza del inventor.

“¿No podrías, al menos, darme ciencia poética?”

Sin duda, Ada Augusta Lovelace poseía una mente brillante, capaz de comprender un concepto abstruso y obscuro como el de la Máquina 
Analítica. Esto se lo debió a la rígida 
educación a que la sometió su madre desde muy pequeña. Rígida, porque Anabella no estaba dispuesta a permitir que su hija mostrara señales de la misma locura que ella aseguraba aquejaba al que fuera su marido, al que nunca dejó de acusar de conductas inmorales, no sin cierta razón. La ciencia, entonces, formó parte de la vida de Ada desde muy pequeña; 
pero, a pesar de mostrar gran talento 
para las matemáticas y de deleitarse 
con su estudio, la joven tenía una mente inquieta que la llevaba por las veredas que a su madre le aterrorizaban, 
pues creía que eran las causantes de 
la locura de Lord Byron: los escritos
 de Ada revelan a una poseedora de 
talento considerable para la escritura, y, a un tiempo, su comprensión de las ciencias se entrelazaba de metáforas y explicaciones sumamente imaginativas. “Si me vas a dar poesía, ¿No podrías, al menos, darme ciencia poética?”, le decía a su madre ya en plena edad adulta, reprochándole que le hubiera negado el acceso a la obra de la imaginación.

Pero no todo en la vida de Ada Augusta fue ciencia y descubrimiento traducidos a la palabra con la habilidad del escritor. Dicen que “lo que no se hurta, se hereda” y, a pesar del empeño de Anabella en mantener a su hija alejada del escándalo, Ada resultó ser casi tan poco convencional como su padre. A la par que ideaba algoritmos para calcular números de Bernoulli, se asociaba con una camarilla de apostadores con quienes intentó desarrollar un método matemático para apostar a gran escala y obtener inmensas ganancias. El experimento consumió gran parte de la fortuna de Ada, amén de que le causó otros problemas: cuando uno de los miembros del grupo intentó chantajearla, se vio obligada a contarle a su marido, con quien había contraído matrimonio cuando tenía diecinueve años y de quien recibió el titulo de condesa de Lovelace, todo el episodio.

Después del nacimiento de su segundo hijo, una niña llamada Anabella, Ada Augusta padeció una misteriosa enfermedad que tardó meses en curar. No serían estos sus últimos problemas de salud durante un tiempo, los opiáceos y el alcohol se convirtieron en su compañía al grado que, se dice, el problema con la bebida durante las comidas fue que empezó a sustituir estas con aquella. Quería decía ella, escribir un tratado acerca de los efectos del alcohol y los opiáceos, basado en su propia experiencia con los mismos. Tal vez sus excesos fueron producto de la

falta de un estimulo intelectual suficiente. Su gran amigo, Charles Babbage, estaba atravesando por una fuerte depresión al no encontrar financiamiento para la construcción de sus máquinas, por lo que no pudo servir de apoyo a Ada. Y su esposo, William King, conde de Lovelace, no ayudaba mucho. Queda claro que admiraba el intelecto de su mujer, pero qué tanto lo entendía o qué tanto compartía sus aficiones, parece que no mucho. Tal vez Ada necesitaba un nuevo proyecto al cual dedicar 
sus energías, algo en qué pensar después del éxito que 
tuvo su traducción pero, sobre todo, sus notas, entre su círculo de amistades. Lo cierto es que nunca encontró otro proyecto que desafiara o cautivara a su mente en la medida en que la Máquina Analítica lo había hecho. A principios de 1852 cayó en coma, aquejada de cáncer uterino.

En el transcurso de su enfermedad no dejaron de pasar cosas a su alrededor: en agosto de ese año le hizo una confesión a su marido, lo que provocó que este se alejara de ella. Qué fue lo que le confesó, no se sabe, aunque no falten especulaciones alimentadas principalmente por un cierto gusto que tenía por el escándalo. Quizás confesó un adulterio del que se sospechaba, pero no se tenía ninguna certeza. No se sabe. Ese secreto se lo llevaron a la tumba Ada y William King. A su vez, Anabella Milbanke, empeñada en la salvación del alma de su hija, le negaba el láudano, empleado como analgésico para los fuertes dolores que seguramente le aquejaban, alegando que el fármaco obnubilaría su razón, haciendo imposible que se arrepintiera de sus errores pasados y que se convirtiera como era debido. Ada había designado como albacea a Charles Babbage, aunque sin un papel legal de por medio, circunstancia aprovechada por Anabella para convertirse ella en albacea del legado de su hija, para lo cual limitó por completo el acceso a los amigos y confidentes de Ada al lecho de la enferma. El cáncer terminó con ella en noviembre de 1852, a los treinta y seis años, curiosamente, la misma edad que tenía su padre al morir.

El legado de Ada Augusta Lovelace es extenso. En primer término, dejó sus escritos, con los que sentó las bases no sólo de la programación como se le conoce hoy en día sino, incluso, de la computación y de la ciencia de las computadoras tal como se desarrollan actualmente. Numerosos son los homenajes que se le han rendido; un programa del Departamento de Defensa de los Estados Unidos lleva su nombre, Ada, el nombre que le diera su padre. Desde 1998, la British Computer Society otorga una medalla que lleva su nombre y en 2008 instituyó una competencia para mujeres estudiosas de las computadoras y la computación. Y, precisamente, el día de Ada Augusta Lovelace, celebrado a mediados de octubre, busca impulsar a las mujeres dentro de los campos de las matemáticas, la ciencia, la tecnología y la ingeniería.

El doodle del pasado 16 de octubre mostró a Ada como la imaginó el ilustrador; escribiendo sus secuencias de instrucciones, sus algoritmos, para programar una maquina que no existía, pero que ella ya había visto funcionar con los ojos de su imaginación y con su brillante intelecto. La “encantadora de números” ponía manos a la obra para proporcionar a las generaciones futuras la herramienta sin la que hoy, a muchos, la vida parece imposible; la computadora, que hubo de

recorrer un camino tan tormentoso como su propia vida para poder ser una realidad tal y como ella imaginó.

Patricia Ruíz Islas

Enero 2013

Revista 49

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