No cabe la menor duda de que, al menos en lo que va del nuevo milenio, Brasil ha merecido, más que cualquier otro país latinoamericano, el título de estrella ascendente del firmamento regional. Quizás como reconocimiento de este hecho, o tal vez porque, como suele decirse, nada atrae más al éxito que el mismo éxito, Brasil fue elegido, entre 2006 y 2009, para albergar tanto la Copa Mundial de Futbol en 2014 como los Juegos Olímpicos en 2016. Al conseguir estas distinciones, el gigante sudamericano pasó a formar parte del reducido grupo de países que han organizado ambos eventos de forma consecutiva, un club tan selecto, de hecho, que sus miembros todavía pueden contarse con los dedos de una mano: se trata del cuarteto formado por los Estados Unidos, Suecia, México —anfitrión olímpico en 1968 y mundialista en 1970— y, ahora, Brasil.

Sin embargo, como suele ocurrir con blasones de esta clase, el honor se traduce, en el plano económico, en una larguísima serie de fuertes inversiones, gravosas en extremo para la mayoría de los países en vías de desarrollo, algunos porque tienen acceso limitado a buenas fuentes de financiamiento, otros porque no cuentan con una capacidad turística suficiente, entre otras dificultades. En el caso específico de Brasil, el reto tiene que ver, más que nada, con la infraestructura que abastece de energía a la zona más poblada de su territorio, aquella que rodea a Río de Janeiro, futura capital olímpica, y a São Paulo, ciudad donde ya se construye la sede inaugural de la próxima Copa Mundial de Futbol. La gravedad del problema quedó de manifiesto cuando, apenas un mes después de que el país ganara la sede olímpica, cerca de sesenta millones de brasileños se quedaron sin luz durante las cinco horas que duró el apagón más grande de la historia.

Ante la posibilidad de que esto pudiera repetirse en plena fiesta olímpica o mundialista, las autoridades brasileñas no dudaron en acometer uno de los mayores desafíos en la historia de la ingeniería hidráulica: la construcción de un enorme complejo hidroeléctrico en un tiempo récord de seis años.

La luz del río

Brasil es uno de los países que más se ha preocupado en diversificar su generación de electricidad. En la actualidad existen en el país plantas que la producen a partir de un amplísimo abanico de fuentes, que van desde el petróleo y los biocombustibles hasta la fisión nuclear. Sin embargo, gracias a su fabulosa riqueza hídrica —en su territorio se encuentra una quinta parte del agua potable del planeta—, Brasil depende más que nada de la hidrogeneración eléctrica, de la cual procede cerca del noventa por ciento del fluido eléctrico que se consume en el país.

Una de las principales razones por las cuales la red de energía eléctrica brasileña se ha vuelto tan vulnerable es que la mayor parte de su electricidad se genera en el noroeste del país, en la cuenca amazónica, y tiene que ser conducida al sureste, donde viven tres cuartas partes de su población, a través de kilómetros y kilómetros de cableado, un sistema caro, ineficiente y expuesto a todo tipo de accidentes. Pero, para fortuna de los seis millones de habitantes de Río de Janeiro, así como de los miles de turistas que visitan sus playas y anuales carnavales, las aguas de uno de los cauces más poderosos del país se encuentran a no más de tres horas por carretera al norte de la ciudad. El río en cuestión es el Paraíba do Sul, de 1,120 kilómetros de longitud, el cual, a su paso por los estados de Minas Gerais, São Paulo y Río de Janeiro, alimenta de agua y energía a la región más industrializada del país. Si los ingenieros brasileños consiguen aprovechar esta corriente, la zona urbana contará con una fuente de energía limpia y abundante, localizada a 160 kilómetros del centro de la ciudad, en vez de a 1,600, como ocurre en la actualidad.

El Complejo Hidroeléctrico de Simplicio, con sus veinticuatro kilómetros de longitud, es uno de los sitios de construcción más grandes del mundo. Sus instalaciones auxiliares comprenden cinco centros médicos y seis cafeterías que dan servicio a 3,500 trabajadores que trabajan en la obra seis días a la semana en dos turnos. Cuenta, además, con cuatro torres de telecomunicaciones, tres plantas de concreto y una flotilla de setenta coches y autobuses. El proyecto fue comisionado por el gigante brasileño Electrobras —a través de su subsidiaria Furnas Centrais Elétricas— y su realización quedó a cargo del Consorcio Constructor Simplicio, conformado por la Constructora Norberto Odebreght, que dirige los trabajos, y la firma Andrade Gutiérrez, especialistas en construcción pesada.

Cómo mover las aguas

Pero si desde la perspectiva del ahorro de líneas y torres eléctricas la localización del río es uno de los principales atractivos del proyecto, desde el punto de vista ecológico y social se trata del mayor de sus inconvenientes. El problema está en que, para alimentar una planta generadora con la potencia requerida, es necesario construir una presa de tales dimensiones que, si se colocara sobre el curso natural del río, habría que reubicar a los habitantes de tres ciudades y resignarse a destruir muchos kilómetros cuadrados de selva. Ante esta situación, los proyectistas decidieron que la única alternativa viable era redirigir el curso del río más hacia el norte para evitar las zonas habitadas y protegidas.

En otras palabras, era necesario cambiar el Paraíba —o un segmento de él, en todo caso— de lugar.

Para lograrlo, lo primero que había que hacer era cortarle el paso a su cauce natural mediante un dique, construido en la localidad de Anta. Para edificar esta represa se utilizó concreto compactado a rodillo, una técnica que permite acelerar la edificación, así como reducir a la mitad el uso de cemento por metro cúbico de concreto. Hecho esto, se inició la construcción de una nueva ruta fluvial de veintiséis kilómetros de longitud compuesta por trece canales, cinco embalses y siete enormes túneles, capaz de conducir el poderoso cauce hasta las instalaciones de la también nueva Central Hidroeléctrica de Simplicio.

Siete túneles para siete montañas

La ruta alternativa del Paraíba se encontró a su paso con siete montañas, cada una de las cuales obligó a los constructores a excavar un túnel que la atravesara de lado a lado. El más largo de estos mide aproximadamente seis kilómetros y medio y fue necesario retirar más de un millón de metros cúbicos de piedra para construirlo.

Para acomodar el torrente del río sin correr el peligro de un reflujo catastrófico, se calculó que los túneles no podrían tener menos de cincuenta metros de circunferencia. Debido a que no hay tuneladoras que alcancen ese tamaño, y también por razón del tiempo, los constructores brasileños utilizaron martillos hidráulicos para abrirse paso y un moderno explosivo en forma de emulsión, más estable que la dinamita. La primera fase de la construcción de cada túnel consistió en excavar una larga galería semicircular de ocho metros de altura máxima, para después ir abriendo zanjas de ocho metros de profundidad y nueve de longitud mediante explosiones cuidadosamente controladas. De esta forma se evitó producir un exceso de vibraciones que hubieran podido derrumbar el sitio de la obra.

Los canales

Las montañas, sin embargo, no fueron el único obstáculo geográfico al que se enfrentaron los constructores del complejo. Incluso en los lugares donde ya existían canales naturales, la mayoría de ellos tuvieron que ser sustancialmente ensanchados para evitar, de nueva cuenta, reflujos y desbordamientos. En el caso del último de ellos, el más occidental y cercano a la central de Simplicio, se recurrió a una serie de poderosas explosiones para separar las orillas del valle elegido.

Central de Simplicio

Al salir del último embalse del circuito, el agua del Paraíba llega a la llamada válvula de entrada. Se trata de un muro de treinta metros de altura en la base del cual unas aberturas angostas aumentan la presión y la velocidad del líquido en su

camino hacia la central. Este muro está cubierto por 3,600 toneladas de concreto y cuenta con un refuerzo de sesenta y ocho toneladas de varilla de acero. Su diseño le permite resistir la presión producida por 780,000 millones de metros cúbicos de agua.

Pasando la válvula de entrada, el agua entra a tres tuberías subterráneas conocidas como conductos forzados. Cada conducto empieza con una caída de treinta metros que ayuda a aumentar la velocidad del líquido y continúa, con un gradiente de siete grados, hasta una de las tres turbinas instaladas en la usina —o casa de máquinas— de la Hidroeléctrica de Simplicio. El agua en el interior del conducto forzado se mueve a una velocidad promedio de diez metros por segundo y tiene la fuerza de una ola oceánica, más que suficiente para causar el derrumbe de la cavidad. Para evitarlo, las paredes de los últimos 106 metros de los acueductos, donde el líquido alcanza su mayor velocidad, fueron reforzadas con cincuenta anillos de acero que suman, en total, 726 toneladas de metal.

Las turbinas elegidas para el complejo de Simplicio son de tipo Francis, l más utilizado en la actualidad y particularmente apropiado para la central brasileña debido a las drásticas variaciones de presión características de ríos como el Paraíba. Gracias a un diseño revolucionario, las nuevas turbinas serán todavía más adaptables y podrán manejar cargas de presión de nueve hasta treinta metros.

Cada turbina pesa treinta y dos toneladas y está formada por trece álabes o paletas. Estas máquinas, a su vez, se encuentran colocadas dentro de cámaras de cincuenta y seis toneladas en forma de espiral, hechas con setenta placas de acero cuidadosamente soldadas entre sí para crear una superficie lisa. A pesar de la enorme solidez de estos componentes, el acero, por sí solo, sería incapaz de resistir la enorme presión del agua que sale de los conductos forzados, razón por la cual, una vez que se haya terminado de ensamblar el conjunto de turbinas, se procederá a ahogarlo por completo en más de 1,800 toneladas de concreto.

Según los pronósticos de sus constructores, la central de Simplicio producirá 333.7 megawatts de electricidad, a los que se sumarán los 28.8 que ya producen las dos turbinas tipo Kaplan instaladas bajo el vertedero de la presa de Anta, que también forma parte del complejo hidroeléctrico.

Bajo el Cristo de Corcovado

El último eslabón en la cadena de distribución eléctrica que quedaba por atender era la envejecida y sobrecargada infraestructura de Río de Janeiro, la cual se encontraba en un estado particularmente crítico en sus sobrepobladas zonas marginales, las famosas favelas, donde viven más de un millón de personas. Para solucionar este problema, el gobierno invirtió cerca de catorce mil millones de dólares en un programa para sustituir decenas de subestaciones eléctricas a cielo abierto, algunas con más de cincuenta años de antigüedad, por modernos transformadores que pueden colocarse dentro de compactos edificios de concreto, a resguardo de los elementos.

Lo mejor de todo es pensar que, una vez liberados del miedo a un gran apagón que pueda echar a perder la fiesta, los cariocas podrán concentrar su atención en materias más importantes como, por ejemplo, el futbol. A propósito de este, es muy probable que la mayoría de los brasileños se sientan confiados —o, cuando menos, muy esperanzados— de ver a la selección verde–amarela alzar su sexta copa del mundo el próximo año. Independientemente de lo que pase en la cancha, con la construcción del Complejo Hidroeléctrico de Simplicio Brasil ha demostrado estar, en el campo de la ingeniería, a la altura de cualquier potencia en el mundo.

Daniel A. Leyva

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