La palabra «tecnología» tiene el poder de invocar imágenes que, casi sin excepción, se relacionan con máquinas. Máquinas complejas, dotadas algunas de engranes, bandas, bielas y manivelas. Otras, de incontables botones, circuitos y procesadores, cubiertas cromadas o plásticas, pantallas a color, de alta definición, o monocromáticas, blanco y negro o verde y negro. Unas más, reminiscencia quizá de las películas de la década de 1960, podrían tranquilamente adscribirse a la máxima que dicta que las mayores alturas tecnológicas poseídas por cualquier tipo de máquina guarda una relación directamente proporcional con el número de focos, de luces y de timbres que la decoran.

A lo largo de los últimos dos siglos, la máquina movida en primera instancia por vapor, y más tarde por electricidad o por algún tipo de combustible, se ha convertido en la representación estereotípica de la tecnología. Es decir, de la ciencia aprovechada de forma práctica, lo que en consecuencia le permite ser aplicada a la realización de distintas tareas. La máquina, el aparato —o ahora, en estos tiempos idiomáticamente torcidos, el gadget— como receptáculo de conocimiento que, a su vez, tendrá la función de modificar la vida diaria de los seres humanos, de crear cosas que la hagan cómoda, de facilitar su tránsito por el mundo.

Tal forma de pensar, aunque es correcta en nuestro tiempo y en nuestro espacio, queda corta si de lo que se trata es de comprender lo que es la tecnología y los alcances que, para el desarrollo de la especie humana, ha tenido a lo largo de los milenios.

Eso. De los milenios. Los miles de milenios. Se tienen registros de que las primeras tecnologías a las que tuvieron acceso los seres humanos aparecieron hace, quizá, unos dos y medio millones de años. De alguna manera, los primitivos ancestros del ser humano que vive pendiente de lo que aparece en la pantalla de su tableta o de su teléfono —o de ambos— encontraron la manera de fracturar ciertas piedras para dotarlas de filo y conseguir, con ello, que los auxiliaran en la

realización de tareas específicas. Primero, cortar. Cortar plantas de tallo grueso para comer, cortar otras piedras para disponer de una mayor cantidad de herramientas, incluso cortar al amigo y al enemigo particularmente impertinente o hasta agresivo a manera de advertencia o para dejar en claro las jerarquías que privaban en el clan. Solo cortar. Sin embargo, siempre resultaba más cómodo y más eficiente hacerlo con ayuda de la máquina que con las solas manos. Más tarde, al modificarse ligeramente la forma de la piedra fue posible rascar los huesos de los animales que cazaba —o que, con toda posibilidad, encontraba muertos por ahí, lo suficientemente conservados como para poder engullirlos— y retirar la carne con mayor limpieza de la que podía si se ayudaba solo por las manos y los dientes.

Hace un millón y medio de años, los seres humanos descubrieron la manera de crear el fuego. El mismo fuego que desde siempre habían conocido, pero que ignoraban cómo producir y, más aún, cómo conservar o cómo emplear con cierta dosis de seguridad. A la par, continuaron desarrollando las mismas herramientas con las que habían contado a lo largo del último millón de años. Hachas de mano. Palos afilados empleados como armas para cazar animales que, ahora, podrían comer cocidos. Punzones para dar una forma más detallada al resto de las herramientas. Pequeñas piedras que poco a poco eran incrustadas en palos resistentes para crear arpones. Pedazos de piel cortados con ayuda de piedras —las tijeras tardarán todavía algunos milenios en aparecer— para servir como prendas de vestir, y que después serán unidas entre sí con un singular procedimiento que involucraba porciones de hueso empleadas como agujas y tendones debidamente tratados que funcionaban a manera de hilos.

El descubrimiento de la agricultura incrementó, de golpe, las posibilidades que tenían los primitivos de crear nuevas tecnologías. Porque no es lo mismo dedicar buena parte del día a recolectar granos, bayas, hierbas y frutos, o enzarzarse a diario en una lucha a muerte con toda clase de animales salvajes para conseguir carne fresca, o incluso tener que organizar al clan o a la tribu cada determinado tiempo para movilizar el campamento porque se han terminado los recursos comestibles en el sitio en el que se encuentran, que tener acceso a los excedentes de la última cosecha. El desarrollo de la civilización se encuentra innegablemente atado al descubrimiento de los cánones que rigen la domesticación de las plantas, el arte de sembrar, cuidar, cosechar y almacenar. Contar con alimento sin la necesidad de desplazarse de un lado a otro. La dieta se empobrece, ciertamente, dado que solo se podrán sembrar unas pocas especies vegetales cada vez, a diferencia de la variedad infinita que ofrece la naturaleza al que se dedica a la recolección. Sin embargo, las comunidades ganan seguridad. Más aún, ganan tiempo. Ya no será necesario que las actividades de todo mundo graviten alrededor de la subsistencia del grupo. Habrá, ahora, el que esté ubicado de tal forma en la incipiente pirámide social que pueda dedicarse a pensar. Solo a eso. A pensar. A mirar el cielo y darse cuenta de que los cuerpos que de él parecen pender se mueven. A imaginar entonces el influjo que esos mismos astros tienen sobre las personas. A inventar cosas.

Inventar cosas es sinónimo de crear nuevas tecnologías. Nuevas tecnologías aplicadas a la caza, como lo sería el perfeccionamiento de las herramientas con pequeñas piedras incrustadas, o a la conservación de los alimentos, lo que hace posible el surgimiento de la cerámica. Tiestos hechos de cualquier manera y empleados para mantener los granos lejos de la acción de insectos, aves y otros animales. Tiestos que ganarían en apariencia con el descubrimiento —hace más o menos seis mil años— de una de las tecnologías que, hasta la fecha, define tanto al entorno como a la manera en la que las personas se relacionan con el mismo: la rueda. Sus primeras aplicaciones tuvieron que ver con la producción de cerámica, al integrar tornos de alfarería que mejoraban las posibilidades de subsistencia de los cacharros y que, mejor aún, facilitaban su producción. Tendrían que pasar dos mil años hasta que, en Mesopotamia, cuna de la civilización urbana, alguien encontrara la manera de unir dos ruedas por medio de un eje y aplicarlas al transporte de personas y de objetos.

Antes de que aparecieran sobre la faz de la Tierra los primeros vehículos, ya habían los seres humanos desarrollado nuevas tecnologías, unas más complejas que las otras. Así, la unión de cuñas y su aplicación al trabajo de la tierra dieron como origen la aparición de los arados. En tanto, el desarrollo de las matemáticas permitió, con el tiempo, la aparición de la escuadra, que a su vez sería la base para la entrada en escena del plano inclinado. Las artes tomaron un rumbo propio y comenzaron a surgir a la luz como eso mismo, como artes. Si bien los habitantes de las cavernas habían dejado ya muestras de su talento pictórico y de sus capacidades decorativas, es incierta la finalidad que tendrían, para ellos mismos, las pinturas rupestres. Quizá eran dispositivos mnemotécnicos, confeccionados de modo tal que dieran cuenta de los sucesos más importantes de la comunidad. O tal vez eran el equivalente primitivo de los modernos periódicos. Posiblemente eran cuadernos de cuentas, hojas de censos, registros de propiedades o de haberes. O quizá no tenían otro fin más que permitir el esparcimiento de los sentidos, lo que automáticamente los englobaría en la categoría de «arte», al encontrarse destinadas a la promoción de experiencias estéticas. Sea como sea, no es posible saberlo. Lo que sí es posible saber es que, a partir del Neolítico, el arte comienza a ganar terreno. La vida deja de estar anclada en el utilitarismo pleno y comienzan a aparecer los espacios necesarios para la creación artística. Espacios que no son otra cosa que tiempo y personas libres de obligaciones ligadas a la subsistencia, al gobierno, al orden o a la guerra, e incluso a las tareas meramente intelectuales. Personas estas que no tendrán otra función que crear objetos bellos o que escenificar actos bellos, a la par que educativos, frente a sus congéneres.

El fin de la prehistoria y el inicio de la historia como tal —la historia como etapa en el devenir de la humanidad, no como disciplina encargada de estudiar ese mismo devenir— está marcado por la aparición de la escritura, hace unos cinco mil quinientos años. Antes de ello, los saberes científicos, y que más tarde darían paso a procedimientos de corte tecnológico, eran transmitidos por vía oral, de padres a hijos o, en socieda- des dotadas de una mayor complejidad, de maestros a alumnos en algo que, guardando las debidas distancias, asemejaría a la posterior organización contenida en el taller. De este modo, todos los conocimientos prehistóricos, todos los saberes y todos los rudimentos que permitieron a la especie humana sobrevivir al entorno —aun con todas sus carencias físicas y con la desventaja que ello suponía frente a los animales, a cualesquiera de ellos—, imponerse al mismo y, más tarde, transformarlo de formas decisivas, fueron comunicados a lo largo de los milenios de boca a oído, sin contar para su preservación con nada más que la memoria de los involucrados en la construcción de herramientas y en la preservación de las tecnologías. La memoria, algún dibujo, un conjunto de señas. No mucho más. Y anclada en estos pocos elementos, la tecnología inició su viaje portentoso hacia el futuro, en pos de la transformación del planeta.

Alfredo Ruíz Islas

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