En un breve repaso a la historia de las estaciones espaciales publicado por la NASA1, la agencia estadounidense identificó tres etapas en el paulatino desarrollo de la construcción de los satélites artificiales habitables, comúnmente conocidos como estaciones espaciales u orbitales. Dicha evolución comenzó en abril 1971, cuando la Unión Soviética envió al espacio la primera versión de su Estación Orbital de Larga Duración —o DOS–1, por sus siglas en ruso—, el primer componente de la futura estación Salyut 1. Siete meses más tarde, después de algunos problemas iniciales, la cápsula Soyuz 11 consiguió acoplarse al bloque principal para formar la estructura continua que albergó a su tripulación durante tres semanas2. Esa primera Salyut, junto con sus cuatro versiones siguientes —tres de ellas con propósitos militares—, formaron la primera generación de estaciones espaciales, caracterizadas por no poder ser reabastecidas de provisiones o combustible y por no ofrecer la posibilidad de recibir ampliaciones debido a su diseño cerrado o “monolítico”. A pesar de esas limitaciones, estos aparatos sirvieron para poner a prueba las soluciones tecnológicas que harían posible dar el siguiente paso en 1977.

1 National Aeronautics and Space Administration (1997), “International Space Stations. Russian Space Stations”, disponible en http://spaceflight.nasa.gov/history/shuttle-mir/references/docu- ments/russian.pdf.
2 La noticia del exitoso primer abordaje orbital se vio ensombrecida por el trágico accidente que le costó la vida a los tres integrantes de la misión, quienes perdieron la vida por culpa de una descompresión en su cápsula durante el reingreso.

La generación posterior estuvo integrada por las estaciones Salyut 6 y 7, para las cuales se fabricaron sendos módulos DOS especiales, equipados con una escotilla de acoplamiento extra. La flexibilidad lograda por este cambio fue enorme, pues permitía contar siempre con un puerto libre para recibir un elemento extra, mientras el otro estaba ocupado con la cápsula que había transportado a la tripulación. Con esto en mente, los ingenieros desarrollaron el primer transportador

espacial de carga, el vehículo Progress, una versión modificada de las Soyuz capaz de navegar hasta la estación, atracar en ella y transferirle una parte de su carga —el combustible—, todo de forma automática. Otra gran ventaja de tener ese segundo puerto fue que, a partir de entonces, las estaciones espaciales pudieron recibir visitantes y relevar a sus tripulaciones sin necesidad de abandonar la instalación.

Hasta 1997, año de publicación del artículo citado, la Mir era la única representante de la tercera generación de estaciones espaciales. Con ella se abandonó de manera definitiva la configuración monolítica gracias a un nuevo módulo central, el DOS-7, equipado con una “esfera de acoplamiento” provista con cinco puntos de anclaje para otros tantos módulos permanentes o vehículos. Como resultado de su fantástica adaptabilidad, la estación orbital Mir fue durante quince años la reina indiscutible de la estratósfera.

¿Estaciones en órbita
o en el espacio? La diferencia entre “espacial” y “orbital” es de matiz. El primer término pone el acento en el hecho de que dichos aparatos se encuentran a más de cien kilómetros sobre el nivel del mar; es decir, que superan la “línea de Kármán” que, por convención, separa la atmósfera del espacio exterior. Por su parte, el término “orbital” —más utilizado en la cosmonáutica rusa— hace énfasis en que, al igual que la Luna, estos satélites giran —orbitan— alrededor de la Tierra y la acompañan en su tránsito por el Sistema Solar.

LA REINA HA MUERTO. ¡VIVA LA REINA!

A pesar de lo enrarecido de la atmósfera a cuatrocientos kilómetros de altura, la jubilación de la Mir no provocó ninguna clase de vacío de poder en la órbita baja terrestre, pues tres años antes de que sus restos se hundieron en el océano Pacífico, en 2001, los primeros componentes de su sucesora ya habían empezado a ser enviados al espacio. El primero en llegar fue el “módulo funcional de carga” Zaryá —amanecer—, construido en Rusia y financiado por los Estados Unidos. Acto seguido arribó el infaltable módulo Soyuz, el caballito de batalla de la exploración espacial rusa. Finalmente, para cerrar con broche de oro el memorable año 2000, el 12 de octubre llegó a buen puerto el módulo DOS–8, ahora llamado Zvezdá —estrella—, con lo cual todo quedó listo para que la naciente Estación Espacial Internacional —EEI— recibiera a su primera tripulación, o “expedición”, la cual llegó el 30 del mismo mes a bordo de una tercera nave Soyuz.

Saray es una versión modificada de las naves TKS, diseñadas en la década de 1960 para dar servicio a los módulos orbitales soviéticos Almaz, un programa militar que, por fortuna, tuvo una existencia corta.

RELACIONES INTERNACIONALES EN EL ESPACIO

Los componentes anteriormente citados, junto con algunas adiciones posteriores, conforman lo que se denomina el Segmento Orbital Ruso; es decir, el conjunto de instalaciones de la EEI fabricadas en la Federación Rusa y operadas por su agencia espacial. Destacan entre esas ampliaciones los módulos Pirs, Poesk y Rassvet —muelle, búsqueda y amanecer, respectivamente—, pequeños elementos multifuncionales que pueden ser utilizados como puertos de atraque, antecámaras de despresurización para las caminatas espaciales y soportes para instrumentos científicos. Por su parte, la otra mitad de esta naranja mecánica orbital recibe el nombre oficial de Segmento Orbital Estadounidense aunque, en realidad, integra las aportaciones estructurales al complejo orbital, no solo de la NASA, sino también de las agencias espaciales canadiense, europea y japonesa. Sin duda, esta “segmentación” de la Estación Internacional recuerda los tiempos de la Guerra Fría pero, por fortuna, no hay indicios de que existan limitaciones de movimiento al interior de la EEI, más allá de los que impone el sentido común.

KIBO

La principal aportación, hasta la fecha, de la Agencia de Exploración Aeroespacial Japonesa es el impresionante laboratorio Kibo —esperanza—, instalado entre 2008 y 2009. Se trata del módulo más grande de toda la estación, con un peso aproximado de veintitrés toneladas. Kibo está dividido en dos partes: un cilindro presurizado, en cuyo interior los astronautas pueden trabajar con los instrumentos almacenados en los anaqueles que cubren sus paredes, y una “terraza”, donde se llevan a cabo experimentos en el exterior de la nave, para lo cual el personal cuenta con un brazo robótico y una pequeña esclusa de aire que permite entregarle objetos a dicho dispositivo o a un astronauta.

VEHÍCULO AUTOMATIZADO DE TRANSFERENCIA

Mejor conocido como ATV —por sus siglas en inglés—, este vehículo de carga no tripulado es el principal competidor, y probable remplazo, de las cápsulas rusas Progress. Desde 2008, casi cada año un ATV ha llegado a la EEI con sus 7.7 toneladas de equipo y provisiones. Hasta donde le ha sido posible, la ESA ha procurado mantener el programa ATV dentro de su “esfera de influencia”, utilizando, por ejemplo, sus cohetes tipo Ariane 5 para lanzar los cargueros al espacio desde el Centre Spatial Guyanais3. Una vez entregada su carga, a cada ATV le resta una última misión: recibir las 6.4 toneladas de desperdicios que se quemarán en la atmósfera —junto con su contenedor— durante el reingreso.

CUPOLA

Este domo de observación es, muy probablemente, el lugar de trabajo más atractivo de toda la estación. La idea original y el nombre se originó en la NASA pero, después de muchas batallas presupuestales, su realización se dejó en manos de la firma Alenia Spazio, radicada en Turín, Italia, por encargo de la Agencia Espacial Europea o ESA, por sus siglas en inglés.

Desde la pirámide hexagonal de la Cupola, los astronautas pueden monitorear la llegada de vehículos y otras actividades en el exterior de la nave a través de seis ventanas trapezoidales laterales y una circular en su parte superior, que les ofrece, además, una envidiable vista de la Tierra. Para protegerla de micrometeoritos y otros desechos espaciales, la instalación cuenta con cubiertas de kevlar que se cierran sobre los cristales.

Aunque es muy cierto que en una actividad tan riesgosa como la exploración espacial no hay, parafraseando el dicho, aliados pequeños, muchos entusiastas de la ciencia ficción encontraron menos que apropiado que la ESA bautizara con el nombre del escritor Jules Verne

a su primer ATV, un modesto vehículo de servicio que, además, no es reutilizable. Tal vez hubiera valido
la pena esperar una mejor oportunidad para homenajear al genio francés.

VERSIONES Y GENERACIONES

Existe, hasta la fecha, un pequeño debate entre quienes opinan que la EEI, con todo y sus más de cuatrocientas toneladas de peso y sus decenas de módulos y componentes interconectados, debe ser considerada una actualización de la tercera generación de estaciones espaciales —una “Mir 2.0”, por así decirlo—, antes que ser colocada en una nueva categoría de complejos orbitales. Al fin y al cabo, argumentan estas personas, muchos de sus componentes y sistemas de apoyo —las cápsulas Progress y Soyuz, o los sistemas de acoplamiento automático Kurs, por ejemplo— no son sino versiones levemente modificadas de aquellos que sirvieron para construir a la Mir.

Por su parte, quienes hablan de una cuarta generación de estaciones se apoyan en dos argumentos principales. En primer lugar, aunque no se puede negar que a bordo de la Mir tuvo lugar una colaboración internacional considerable —en particular, entre Estados Unidos y la Unión Soviética/Rusia—, el alcance de esas iniciativas conjuntas apenas se puede comparar, desde el punto de vista de la complejidad de la coordinación y la magnitud de los resultados, con el producto de la alianza entre los Estados Unidos, Rusia, Japón, Canadá y once estados miembros de la Unión Europea.

El segundo señalamiento es de naturaleza técnica: a diferencia de la Mir, cuyas

ampliaciones dependían de los puertos disponibles en sus módulos o de la esfera de acoplamiento del bloque principal, la EEI cuenta con un nuevo elemento de fijación, cuya significación, en términos constructivos, se puede comparar con la adición de la segunda escotilla a la configuración de la primera Soyuz.

Otra característica innovadora de la EEI es la presencia constante de una nave Soyuz atracada en uno de sus puertos, lista para ser usada como “bote salvavidas” en caso de necesidad. El repetido avistamiento de “objetos voladores indeseados” —elementos sueltos de antiguas estaciones y hasta satélites completos fuera de servicio— en las proximidades de la estación demuestran que nunca está de más tomar ese tipo de precauciones.

EL ARMAZÓN DE CELOSÍA INTEGRADO – INTEGRATED TRUSS STRUCTURE, ITS-

Considerado la “columna vertebral” de la EEI, el ITS es una viga de celosía que se extiende cincuenta y cuatro metros a babor y otros tantos a estribor a partir del centro de la nave. Su función es servir de soporte a los más de cuarenta sistemas —incluyendo cables y tuberías— que hacen posible el funcionamiento de la estación en su conjunto. Entre los más importantes —y visibles— de estos se encuentran los dieciséis bastidores que sirven de soporte para sus paneles solares, repartidos en dos “alas”, una en cada extremo de la celosía, así como los radiadores termales utilizados para disipar el calor excesivo producido por la miríada de instrumentos instalados a bordo. El uso de amoniaco anhidro de alta pureza, un refrigerante más eficiente que el agua, se reserva para las instalaciones no habitadas de la estación debido a su gran toxicidad.

Al igual que el resto de la EEI, el enorme bastidor multifuncional fue ensamblado en órbita de manera paulatina, a partir de segmentos de celosía más cortos. Esto, por sí solo, fue una de las hazañas más sorprendentes de la ingeniería civil del siglo XXI ya que, debido, en primer lugar, a la ingravidez y, en segundo, a lo difícil que le resulta a un astronauta–constructor maniobrar dentro de su traje espacial, hasta una labor tan sencilla de ensamblaje como la colocación de un perno puede llegar a consumir buena parte de una jornada de trabajo. Con todo, pronto quedó claro que el tiempo y los recursos materiales invertidos en la construcción del armazón habían valido la pena, pues la elegante solución permitió el ahorro de varios módulos, elementos mucho más caros y más expuestos al desgaste.

Al final de cuentas, resulta difícil zanjar la cuestión en torno a la existencia, o no, de una cuarta generación de estaciones espaciales con base en especificaciones y configuraciones. Tal vez eso se deba a que la Estación Espacial Internacional es el producto de un sano proceso de evolución gradual en el cual, a diferencia de lo que pasa en otras áreas del desarrollo tecnológico, la obsolescencia de un vehículo o de una idea no la determina el simple paso de los años sino, antes que nada, el surgimiento de una mejor opción. En lo que no parece haber discusión es en el hecho de que la construcción del complejo orbital, resultado de una coordinación internacional sin precedentes, prueba que la humanidad es capaz de colaborar para alcanzar, si no el cielo, sí al menos el techo del mundo, aunque se hable en idiomas diferentes.

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