La Revolución Industrial permitió la creación de nuevos modelos de ciudad que respondieran tanto a las mejoras como a las necesidades propiciadas por los nuevos avances tecnológicos, en un momento en que la población aumentaba rápidamente y la modernidad hacía acto de presencia, entre otras cosas, dejando obsoletas las construcciones medievales. La industrialización determinó que las técnicas constructivas se transformaran: a los materiales convencionales se unieron el acero y el vidrio, se implementaron nuevos cálculos de resistencia para dichos materiales, las edificaciones adquirieron un aspecto estético además del funcional y, por último, la arquitectura y la ingeniería comenzaron a ocuparse de materias distintas porque, mientras los arquitectos permanecieron a cargo del levantamiento de los edificios y de cuidar sus condiciones estéticas, los ingenieros asumieron la responsabilidad de la práctica constructiva, es decir, del trazo de las nuevas ciudades en las que tendrían que solucionar los problemas más apremiantes como el sistema de drenaje, la salubridad y la fácil transportación de personas y productos disminuyendo el tiempo de trayecto.

Si bien la ciudad de París no fue la única en transformarse con el advenimiento de la industrialización, sí fue la pionera en llevar a cabo un plan de urbanización completo. Aquel París que Alejandro Dumas retrató en Los tres mosqueteros, esa ciudad que los personajes atravesaban a pie o a caballo pasando por estrechas calles y callejones oscuros ya no era deseable para 1850, pues la población —y los problemas urbanísticos— era cada vez mayor. La conformación de la ciudad después de la Revolución Francesa tampoco podía permaneces intacta, entre otras razones porque los obreros y las clases bajas se habían asentado cerca del centro de París, lo cual fue un grave problema durante las revueltas de 1830 y 1848.

Al llegar Napoleón III al poder, una de sus primeras preocupaciones fue asegurar el orden público y ganarse el apoyo de la gente mediante la construcción de grandes obras. Luis Napoleón procuró hacer de París una ciudad moderna, que se convirtiera en un centro importante, tanto político como económico, para lo cual se debía dar cierta regularidad a las construcciones y las calles. Además, era necesario buscar la forma de agilizar el tránsito y resolver uno de los principales problemas políticos: la facilidad con que se extendían las revueltas en el laberinto de callejuelas parisinas, lo que había derrocado a varios gobiernos desde 1789. En este sentido, París era una ciudad fácil de amotinarse por lo angosto de sus callejones, donde podían colocarse barricadas.

El encargado de llevar a cabo la gran obra de modernización fue Georges–Eugène Haussmann, quien fue designado prefecto del departamento del Sena en 1853. El plan de urbanización necesitaba un equipo eficiente para solucionar los problemas de la ciudad, por lo que se invitó a participar en el proyecto a Victor de Persigny, ministro del Interior, quien se encargó de conseguir recursos financieros; Jean–Charles Alphand, quien diseñó lo referente a parques; Jean Pierre Barillet Deschamps, que elaboró el plano donde aparecía el trazo de nuevas calles y avenidas; Victor Baltard, designado para trazar las Plazas. A ellos se unieron otros muchos ingenieros civiles y arquitectos, quienes resolverían los pequeños —o grandes— problemas que aparecieran. El plan de Haussmann fue posible gracias a la eficiencia y al alto nivel técnico de los ingenieros egresados de la École Polytechnique.

El primer problema que tuvo que enfrentarse fue la expropiación de los terrenos y de las propiedades que se encontraban contemplados en los planos, de los que era necesario disponer para reconstruir calles y abrir otras nuevas. Según los supuestos básicos del liberalismo —que Napoleón III decía defender a capa y espada—, el derecho a propiedad era inviolable, por lo que fue necesario hacer uso de la mano dura del gobierno y promulgar una ley de expropiación para poder comenzar con el proyecto. De esta manera, en 1852 se expidió un decreto de expropiación por causa de utilidad pública, por medio del cual el gobierno podía ocupar las construcciones que estorbaran la construcción de vías. Junto con el decreto mencionado se emitieron un conjunto de leyes que dieron un campo de acción amplio para Haussman. Por ejemplo, se obligó a que los dueños de casas y edificios limpiaran y renovaran sus fachadas cada diez años y se implementó un reglamento para nivelar y alinear las construcciones. A este respecto debe mencionarse la emisión del reglamento de urbanismo de 1859, en el cual se especificaba que las fachadas de los edificios podían tener veinte metros de alto en las calles de veinte metros de ancho, se hizo obligatorio el uso de piedra tallada y se determinó que las casas debían tener la misma altura y líneas de construcción. Lo anterior permite ver que las consideraciones estéticas fueron muy importantes, y buscaban dar la sensación de orden y uniformidad a las construcciones.

Haussmann comenzó por reorganizar los servicios técnicos según criterios modernos para crear una nueva distribución administrativa de la capital incorporando los municipios colindantes. Asimismo, dividió las obras de construcción en cinco rubros: parques y plazas públicas, vialidades, viviendas, edificios públicos e instalaciones sanitarias.

Los parques fueron confiados a Jean Charles Adolphe Alphand, quien se encargó de la construcción del bosque de Bolougne y el de Vicennes, los jardines de los Campos Elíseos y el parque Mountsouris. Una de las aportaciones más importantes de Alphand fue el arbolado en las nuevas avenidas y el mobiliario urbano. De igual suerte, la conexión entre los grandes bulevares propició la creación de plazas, por ejemplo Châtelet, que es la encrucijada entre los dos grandes ejes que atraviesan París del norte a sur y del este a oeste. Otras grandes plazas que fueron acondicionadas son la plaza de l’Etoile, la plaza Léon–Blum y la plaza de la República. Para embellecer las calles se colocaron monumentos al final de las avenidas.

Las obras de vialidad implicaron la apertura de noventa y cinco kilómetros de calles nuevas en el centro y setenta kilómetros en la periferia. El nuevo sistema vial respondió a la necesidad de contar con una red de comunicaciones que uniera los lugares principales del centro de la ciudad y las estaciones de ferrocarril; además, se necesitaba hacer eficaz el tránsito tanto de particulares como del ejército en caso de emergencias. El trazo de las nuevas calles se compuso de tres elipses concéntricas atravesadas por una gran avenida que iba del boulevard de Sebastopol al boulevard Saint–Michel. Los edificios públicos fueron encargados a los arquitectos como Labrouste, Baltard, Vaudremer y Hittorf, quienes construyeron nuevos modelos de mercados, cementerios, escuelas y asilos. Se propuso un programa de viviendas destinadas a las personas con menos recursos, las cuales fueron sacadas del centro de la ciudad y reubicadas en la periferia, aunque dichas viviendas resultaron insuficientes por el rápido crecimiento de la población. Los servicios públicos mejoraron, el alumbrado se triplicó con mecheros a gas y se organizó el servicio de transporte público, concesionándolo a una sola compañía en 1854.

Las redes de abastecimiento de aguas y alcantarillado fueron encargadas al ingeniero François Eugène Belgrand. Se aumentó el caudal de suministro de agua y la red se incrementó de setecientos cuarenta y siete a mil quinientos cuarenta y cinco kilómetros. La red de alcantarillado pasó de ciento cuarenta y seis a quinientos sesenta kilómetros, dentro de los que sólo se conservaron quince de la red original. Hasta la primera mitad del siglo XIX, las aguas residuales desembocaban en el Sena limitando la disponibilidad de agua potable al hacer deplorable la higiene en el río. Belgrand diseñó túneles para distribuir el agua fácilmente en la ciudad, construyó una serie de acueductos que duplicó la cantidad disponible de líquido por habitante y se incrementó de manera considerable el número de viviendas con agua corriente; a la par, construyó otro sistema para sacar el agua no potable y ocuparla en la limpieza de las calles y el riego de jardines públicos. La reforma de la ciudad integraba no sólo la mejora de servicios públicos, sino que también implicó la transformación de la organización territorial, al aumentarse distritos hasta llegar a veinte y derribarse veintisiete mil casas para poder construir cien mil.

El plan de Haussmann reordenó París, la convirtió en una ciudad con trazos regulares, con criterios geométricos, simétricos e incluso estéticos, pues además de resolver los problemas de tránsito, iluminación y drenaje, le dio una apariencia moderna con anchas vías, espacios recreativos y facilidad de desplazamiento. El trazo de las calles partía del centro de la ciudad y formaba la figura de una estrella, con lo cual la comunicación entre los distritos se facilitaba. La capital francesa se convirtió en el modelo para muchas otras ciudades alrededor del mundo; sin embargo, lo que no pudo anticipar el artífice del proyecto fue el crecimiento poblacional, que supondría posteriormente un reto al desarrollo urbano.

La ciudad nueva no se pensó únicamente como un lugar para vivir: es una metrópoli, una máquina de perfecto funcionamiento donde los barrios están divididos en zonas de lujo y de trabajadores, cada una con parques y zonas recreativas, iluminación, agua potable y bellos monumentos y jardines. En sólo dos décadas, París se convirtió en el símbolo de la modernidad.

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