Desde hace mucho tiempo —siglos ya—, los suecos parecen estar decididos a todo por hacer sentir su presencia a escala mundial. Hacia el final del Imperio Romano, por ejemplo, los godos, pueblo cuyo origen algunos estudiosos ubican en la región sueca de Götaland, iniciaron un gran movimiento migratorio que, a la postre, los llevó a ocupar la Ciudad Eterna y a conquistar la mayor parte de la Península Ibérica. Mas, con todo y que el eco de su nombre sigue resonando en muchas lenguas —como en español en la palabra “gótico”—, la fama de estos intrépidos viajeros apenas puede competir con la de los aventureros nórdicos que los sucedieron: los vikingos, cuyos temidos contingentes llegaron hasta las puertas de Constantinopla e incluso a poner pie en el Nuevo Mundo alrededor del año 1000. Se dice, además, que fueron los líderes de uno de estos pueblos vikingos procedentes de la actual Suecia, conocido como Rus, quienes fundaron las primeras monarquías rusas y ucranianas, en su camino hacia Bizancio.

En la actualidad, por fortuna, los escandinavos —comunidad cultural y lingüística que abarca Noruega, Suecia y Dinamarca— han abandonado sus costumbres bélicas y, sin traicionar el espíritu emprendedor que los caracteriza, buscan ahora incrementar el bienestar de sus sociedades mediante la planeación, la ciencia y el diseño, tres ingredientes que son objetos de auténtica veneración en la tierra natal de Alfred Nobel e Ingvar Kamprad1. Y si de conquistar al mundo y alcanzar la fama inmortal se trata, la tendencia ha sido, por lo menos a partir de la década de 1970 —por decir algo, desde ABBA hasta Roxette e Yngwie Malmsteen—, preferir el uso de la música, antes que las naves de guerra, como vehículo de asalto.

UN FUTURO SIN PETRÓLEO

El Reino de Suecia, cuyo origen, de tan remoto, resulta imposible ubicar con certeza, es una de las pocas naciones del mundo que han conseguido conservar su soberanía a lo largo de toda su historia2. A la vista de este hecho, no resulta extraño saber que los suecos, tan celosos de su autonomía, llevan años preparándose para “sacudirse el yugo” de una de las dependencias económicas más onerosas del mundo actual: la de los combustibles fósiles.

Los responsables de la política energética sueca, sin embargo, saben bien que la simple inversión en fuentes alternativas de energía no es suficiente, ni mucho menos, para resolver el problema, en ausencia de una nueva cultura de consumo.

En realidad, el asunto de fondo es la urbanización, por dos razones: en primer lugar, porque las tendencias demográficas, a nivel mundial, apuntan indiscutiblemente hacia el crecimiento y la densificación urbanas, lo cual indica que ahí se concentrarán los mayores retos energéticos del futuro próximo. En segundo lugar porque, como afirma el analista Alex Steffen, “cada ciudad determina, en gran medida, la cantidad de energía que utilizan sus habitantes”. En otras palabras, es la calidad de los servicios con los que cuenta una urbe, y la disposición misma de sus calles y edificios, lo que hace la diferencia entre una ecociudad y un barril energético sin fondo.

Una de las formas de abordar el problema es la construcción de nuevas ciudades, especialmente diseñadas para permitir el máximo ahorro de energía. A este respecto, destacan los fabulosos proyectos de Masdar City y Tianjin Eco–city, construido uno en el Emirato de Abu Dhabi y el otro en China. Por otra parte, la alternativa consiste en tomar una ciudad ya existente —Estocolmo, por ejemplo— y, básicamente, reinventarla.

VISIÓN 2030

Estocolmo, junto con la región aledaña de Mälar, es el punto donde convergen y se articulan todas las regiones del país. Es, también, la zona más densamente poblada de Suecia —con cerca de tres millones de habitantes— y la que tiene la mayor tasa de crecimiento. Por todas estas razones, los suecos decidieron iniciar ahí la revolución energética y urbanística que, de acuerdo con sus cálculos, los convertirá, para mediados de siglo, en la primera economía moderna en independizarse del petróleo.

Para lograrlo, las autoridades de la capital sueca crearon un detallado plan titulado Visión 2030, cuyo objetivo es el de enfocar todos los recursos de la región en la consecución de un doble objetivo, económico y ecológico: la transformación de la zona Estocolmo–Mälar en un modelo de urbe sustentable que sea, al mismo tiempo, la principal metrópoli de la región o, como dice el propio plan, la capital de Escandinavia.

EL CÍRCULO VIRTUOSO DEL DESARROLLO SUSTENTABLE

A diferencia de lo que ocurre en otras partes del mundo —como, por desgracia, en México—, la reforma urbanística sueca no concentra su atención de forma exclusiva en un aspecto del funcionamiento de la ciudad, como puede ser el mejoramiento del transporte público, en detrimento de todos los demás. La Visión 2030, en cambio, propone un modelo de crecimiento en el cual se espera que cada elemento se apoye y sirva de refuerzo a los demás. Por ejemplo, a partir de la meta de convertir a Estocolmo en un polo de atracción para la inversión regional y global —algo fundamental para financiar las renovaciones necesarias—, los planificadores se han dado a la tarea de identificar áreas económicas con buena demanda y bajo impacto ecológico, como la de las tecnologías de la información y las comunicaciones3, para apoyarlas con inversión en infraestructura —como puede ser la construcción de una red de fibra óptica que dé servicio a toda la zona metropolitana— e integrando la participación de las universidad que puedan formar a los profesionistas que dichas industrias requerirán durante su expansión.

El caos de la llamada Ciudad de la Ciencia Kista puede servir muy bien para ilustrar esta forma de abordar la “sustentabilización” de la vieja capital. Kista es un centro urbano ubicado a las afueras de Estocolmo que alberga universidades e institutos de investigación de alto nivel, así como las oficinas de cientos de importantes empresas especializadas en tecnología digital. De acuerdo con la Visión 2030, las cuatro municipalidades colindantes invertirán en un programa de desarrollo bien balanceado que contempla el mantenimiento de las considerables reservas ecológicas de Kista y la construcción de 3,500 departamentos junto con 14,500 metros cuadrados adicionales de lugares de trabajo. El paradigma de crecimiento aquí aplicado y que, según el plan maestro, se seguirá en el resto de la región Estocolmo–Mälar, parte del principio de que la alta concentración demográfica no sólo incrementa el potencial económico de cualquier ciudad —algo que prácticamente nadie pone en duda— sino que, además, es un componente indispensable a la hora de conservar energía y otros recursos naturales a gran escala.

Esta última conclusión —que, hasta hace algunos años, muy pocos estaban dispuestos a admitir— se basa en la idea de que la “gran sustentabilidad”, la que puede beneficiar a regiones y países enteros, solo es viable cuando el mayor número posible de habitantes lleva a cabo sus actividades diarias de manera sustentable, para conseguir lo cual es necesario, en primer lugar, que las personas puedan desplazarse de sus hogares al lugar donde trabajan, estudian o hacen la compra a pie, en bicicleta o a bordo de algún transporte colectivo. En segundo lugar, las comunidades deben estar preparadas para captar y reutilizar la mayor cantidad posible de desechos. Finalmente, es preciso que los ciudadanos adquieran hábitos de consumo, comportamiento social y conservación acordes con el objetivo global.

Ahora bien, si es evidente que las populosas capitales modernas son, gracias a su alta concentración de habitantes, el lugar ideal para conseguir estos objetivos, también es claro que la aplicación parcial de planes en ciudades de rápido —e incontrolado— crecimiento solo puede conducir al desastre económico y ambiental. Por eso, para su Visión 2030, Estocolmo eligió un horizonte más bien de largo alcance, realista, que le permitiera a la región atender, de manera simultánea y con sus propios recursos, los aspectos esenciales del desarrollo urbano sustentable: crecimiento económico sostenido, construcción equilibrada de vivienda y edificios no residenciales, así como de infraestructura de reciclamiento, expansión de la red de transporte público, ciclovías y andadores y mantenimiento de un sistema educativo de excelencia.

En la actualidad, en la región de Estocolmo–Mälar se construye, al mismo tiempo o en rápida sucesión, un gran libramiento, un nuevo foro de espectáculos y el primer estacionamiento público de bicicletas de la ciudad, mientras se levantan nuevos vecindarios o se reacondicionan los existentes, se amplían las instalaciones portuarias y se completa un túnel ferroviario sumergido de seis kilómetros de largo. Esto es posible, en parte, porque Suecia es un país próspero con una recaudación tributaria que ronda el 50 % de su producto interno bruto4. Pero, sobre todo, porque cada una de estas acciones está dirigida a impulsar un conjunto muy preciso de actividades sustentables —término que debe entenderse aquí en su sentido pleno de beneficiosas para el ambiente y la economía—, de donde se obtendrán los recursos necesarios para sostener el ritmo de desarrollo. Un desarrollo que, al mismo tiempo que sigue generando más riqueza, va produciendo los demás beneficios —mejoramiento de la calidad de vida, protección del medio ambiente, crecimiento ordenado—, necesarios para lograr el tipo de urbanización previsto en la Visión 2030.

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