Por vivir en quinto patio desprecian mis besos,

un cariño verdadero sin mentiras ni maldad.

El amor cuando es sincero se encuentra lo mismo

en las torres de un castillo que en humilde vecindad.

Mario Molina Montes y Luis Alcaraz, Quinto patio.

Las vecindades han sido el escenario de innumerables historias, ya sea en libros, telenovelas, películas, series y canciones. La peculiaridad de estas viviendas radica en el alto grado de convivencia que se genera entre los inquilinos al compartir áreas comunes, así como por los procesos de identificación que ellos mismos pueden generar, ya que los habitantes de una vecindad se sienten —en muchas ocasiones— parte de una comunidad.

Desde el periodo novohispano las vecindades han sido una opción de vivienda para los sectores con menos recursos económicos, e incluso se tiene noticia de su existencia desde mediados del siglo XVI. Durante el virreinato, una de las muestras más visibles de la posición social de los sujetos era la casa en la que vivían. La gente adinerada solía vivir en casas solas, de dos pisos, las cuales tenían un patio central —con una fuente o una pila—, alrededor del cual estaban construidas las habitaciones: en el piso alto vivían los dueños de la casa, mientras que la parte de abajo estaba destinada a cocheras y accesorias.

Debido a la gran cantidad de habitaciones de las casas virreinales, algunas fueron adaptadas para albergar a varias familias que no podían poseer una casa propia, o incluso algunas propiedades de la Iglesia —como los conventos— fueron utilizadas como vecindades, en las que había también pequeñas accesorias. Las vecindades novohispanas tenían un patio central y en algunos casos se sabe que existían cocinas comunales.

A pesar de las ventajas que ofrecían para las personas con pocos recursos, las vecindades no fueron bien vistas por mucha gente en la Ciudad de México. Se les criticó por crear mucha basura, hacer que las calles se vieran mal y romper con la uniformidad de las demás construcciones, al haber sido adaptadas para vecindades en medio de un conjunto de casas privadas. El principal problema era la generación de basura, que trató de controlarse por medio de ordenanzas pero la medida fue insuficiente. Como los cuartos de vecindad eran usados exclusivamente para dormir, los inquilinos hacían la mayor parte de sus actividades en la calle, lo que llevaba a que en las vecindades no hubiera baños ni cocina. A pesar de todas sus desventajas y de la condena generalizada, las vecindades se convirtieron en una necesidad debido al aumento de población con lo que, para finales del siglo XVIII, había cerca de setecientas veinte edificios de su tipo en el centro de la ciudad.

Durante la segunda mitad del siglo XIX aumentó el número de vecindades debido a las leyes de desamortización —Ley Lerdo del 25 de junio de 1856— y nacionalización de bienes eclesiásticos —promulgada el 12 de julio de 1859—, con las cuales los conventos fueron vendidos o utilizados como viviendas, mientras que algunos más fueron destruidos para trazar nuevas calles. Además de los conventos, algunas casas unifamiliares de los sectores sociales más altos fueron abandonadas, al trasladarse sus dueños a las nuevas zonas residenciales surgidas en espacios distintos al centro de las ciudades. Para dicha época ya se adaptaban pequeñas cocinas a los cuartos, mientras que los baños y lavaderos eran de uso comunal. Las vecindades construidas con la finalidad de ser, desde un principio, viviendas populares, se integraban por una serie de cuartos pequeños, unidos a un patio central donde se encontraba una toma de agua.

Al llegar el siglo XX, la Ciudad de México contaba con cerca de 350,000 habitantes, lo que exigía una gran cantidad de viviendas. Al interior de las vecindades se reunían personas con pocos recursos y gente de clase media que tampoco tenía dinero suficiente para adquirir una casa sola. Los planes de construcción durante el porfiriato se enfocaron a la erección de obras públicas y viviendas, colonias con edificios inspirados en modelos franceses, inmuebles bellamente decorados con vidrio y acero que mostraban la vanguardia en construcción y que pretendían ser un ejemplo de la entrada del país en la modernidad. A lo largo del porfiriato, en este afán de construir y mejorar la ciudad, se crearon colonias dedicadas exclusivamente a albergar viviendas populares.

Durante el gobierno de Porfirio Díaz se fundó la colonia Guerrero, la cual surgió por la venta de lotes fraccionados por Rafael Martínez de la Torre a partir del antiguo panteón de San Fernando —del que solo quedó una pequeña parte, visible aún en la actualidad—. Algunos lotes fueron comprados por familias ricas, como los Rivas Mercado y los Escandón. Sin embargo, otros fueron destinados a la construcción de viviendas populares para clases medias, con lo que comenzó la historia de las vecindades de esa colonia. Por su parte, en 1884 se fundó la colonia Morelos, que también ejemplifica el modo en el que la ciudad —o, al menos, la parte de ella habitada por los sectores de la población más desfavorecidos— comenzó a poblarse de vecindades. En el caso de la colonia Morelos —junto con las aledañas Díaz de León y De la Bolsa—, la mayoría de sus habitantes eran comerciantes, zapateros, obreros o jornaleros, que comenzaron a crear una identidad propia que subsiste hasta la fecha.

Pocos años después, al estallar la revolución, ocurrió un fenómeno que va unido íntimamente a la formación de vecindades: la invasión. Numerosas personas de pocos recursos tomaron las casas de las familias acomodadas que quedaron abandonadas, las adaptaron y terminaron por convertirlas en casas de vecindad. Asimismo, por causa del estallido de la revolución, los servicios y, consecuentemente, las condiciones de vida en muchas vecindades, se deterioraron. El agua escaseó, no había electricidad y los servicios de limpieza y recolección de basura se olvidaron de las zonas pobres de la ciudad.

La falta de nuevas vecindades llevó a que las existentes crecieran de forma desmedida. Algunas lo hicieron de tal manera que adquirieron la estructura de un barrio o una colonia, con hasta trescientas viviendas separadas por estrechos callejones internos en los que se acumulaban los desperdicios que generaban sus habitantes y donde, también, esos mismos habitantes hacían vida en común.

Las vecindades permanecieron en el abandono durante cerca de cincuenta años. El motivo principal del deterioro de las viviendas populares fue la promulgación de la Ley de Congelamiento de Rentas de 1942, la cual ordenaba que los caseros o dueños de las vecindades no incrementaran el monto de las rentas. Por lo tanto, dejaron que los inmuebles sufrieran daños superficiales y hasta estructurales, pues no recibían dinero para arreglar los desperfectos que surgieran.

Hasta la década de 1970, las vecindades permanecieron en continuo deterioro. Sin embargo, fue en ese decenio que comienzan las labores de rescate, por parte del gobierno, de inmuebles que habían sido vecindades, para restituirles su aspecto original en la medida en que fuera posible. Tal es el caso de algunas partes del ex convento de la Merced, el ex convento e iglesia de los betlemitas —que hoy se reparten el Museo Interactivo de Economía y el Museo del Ejército y la Fuerza Aérea— y el antiguo convento de San Jerónimo —ahora, Claustro de Sor Juana—, en los cuales se habían creado vecindades a lo largo del siglo XX.

En septiembre de 1985, el terremoto provocó que las vecindades que se encontraban en peor estado se derrumbaran, dejando atrapadas a muchas personas entre los escombros y provocando que buena parte de sus habitantes se quedara sin vivienda. El 7 de abril de 1986, el Gabinete Económico del Gobierno Federal aprobó un presupuesto de 200’516,000 pesos para el Programa de Renovación Habitacional Popular, tras constatar que el 31% de los inquilinos de la Ciudad de México vivían en las delegaciones Cuauhtémoc y Venustiano Carranza, las cuales fueron de las más afectadas por el sismo.

En total se construyeron 44,000 viviendas de cuarenta metros cuadrados. Como resultado del proceso de reconstrucción es posible apreciar colonias en las cuales dos terceras partes de las viviendas son casas de renovación, lo cual puede dar una idea de la magnitud que tuvo la catástrofe para los sectores más pobres de la ciudad. Los artífices del programa de reconstrucción admitieron los problemas generados por las rentas congeladas y, a la par, ubicaron el valor cultural de las construcciones barriales. Uno de los objetivos del programa de reconstrucción era convertir a los inquilinos en propietarios de sus viviendas, lo que dio como resultado los llamados condominios vecinales, en los cuales sobrevivió un rasgo distintivo de la vecindad: la vida comunitaria. A pesar de que las viviendas ya no eran iguales, que la vecindad típica de mediados de siglo había desaparecido, los lazos de convivencia no se extinguieron, las costumbres de participar en las fiestas y en las posadas, de ayudar a los vecinos o de compartir labores siguieron vigentes, y se reconstruyeron a la par que las nuevas viviendas populares.

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