Y los sueños, sueños son.

Calderón de la Barca, La vida es sueño

Las ciudades han inspirado muchos sueños. Antaño, cuando buena porción del mundo era desconocida, los seres humanos soñaban ciudades. Más grandes y mejores que en las que habitaban, las poblaban con seres fantásticos y las llenaban de riquezas. Y cuando efectivamente existían ciudades de ensueño, la fantasía humana no dejaba de adornarlas con el encanto que les daba la distancia. Cuando se descubrió el Nuevo Mundo y los conquistadores apenas empezaban a columbrar la vastedad de las tierras sobre las que recién ponían el pie, lo fértil de las tierras, una abundancia aparente de todo y las riquezas que, a sus ojos, parecían brotar del suelo, era lógico que las fantasías se exacerbaran. Hoy suena descabellado pensar que la búsqueda de la Fuente de la Eterna Juventud pudiera llegar a buen término. Sin embargo, allá se lanzaban los exploradores a buscarla, pensando, quizás, que en algún lugar tenía que estar, entre tantas cosas extrañas y maravillosas con que topaban sus ojos a cada paso que daban. No es de extrañar, entonces, que los exploradores europeos pensaran que justo en esta tierra recién descubierta encontrarían lo que la imaginación de sus escritores de novelas de caballerías habían descrito con exquisito detalle en sus relatos. Y a la búsqueda de las Siete Ciudades de Cíbola se lanzaron con ahínco. Fray Marcos de Niza, un franciscano que encabezó la expedición a lo que hoy es el norte del país, le relató al virrey don Antonio de Mendoza con vívido detalle la existencia de una ciudad más grande aún que la Gran Tenochtitlan, mucho más rica, donde los nativos empleaban vajilla de oro y plata. ¿Habría soñado el buen fraile con la existencia de tal ciudad? Quizás. Tal vez, como sucedió con don Quijote, los libros de caballería se colaron hasta lo más profundo de su ser. Ahí se mezclaron con los relatos llevados por los sobrevivientes de la expedición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca y, como en una olla, se cocinaron con el calor del desierto. El caso es que, sueño o elaboradísima mentira, nunca se pudo comprobar la existencia de tal ciudad.

Otro que también soñaba ciudades es un personaje mucho menos conocido por sus andanzas oníricas que por sus labores pedagógicas. Don Bosco, el fundador de la orden salesiana —cuyos colegios se encuentran diseminados por todo el mundo—, también soñaba. Si bien él empleaba la mayoría de sus sueños con fines pedagógicos —lo que da pie a ciertas dudas razonables sobre la veracidad de los mismos—, éstos también habían alcanzado, contra su voluntad, alguna reputación de premonitorios. Y don Bosco soñó, o al menos eso cuenta una especie de leyenda, una noche de 1883, una ciudad. La ciudad soñada por el salesiano debió de haberles parecido a sus contemporáneos una versión actualizada de las Ciudades de Cíbola. Porque don Bosco soñó una ciudad moderna, que no se parecía en nada a los asentamientos, pequeños o grandes, conocidos hasta ese momento. Se cuenta que soñó con tal detalle que incluso vio el lugar donde se asentaría la ciudad. Si ha de darse crédito a la leyenda, se tiene entonces que lo que el sueño de don Bosco anunció con poco menos de ochenta años de anticipación fue nada más ni nada menos que el nacimiento de la ciudad ultramoderna por definición: Brasilia.

Lo que tienen en común los sueños, tanto de fray Marcos de Niza como de don Bosco, es lo que parece ser el eterno anhelo del ser humano de habitar un entorno diferente del que conoce. Evidentemente, el suyo les parece deficiente, defectuoso o, en el mejor de los casos, mejorable. De ahí surge, quizás, esta fantasía —que ha perseguido a la humanidad en todas las épocas— de vivir en un lugar mejor, en todos los sentidos. Hoy en día tal vez ya no se sueña con ciudades de oro, sino con ciudades bien planeadas donde las necesidades de los individuos se vean satisfechas de la mejor forma posible en un entorno estética y funcionalmente placentero. La sobrepoblación y la falta de espacios habitables hacen que el sueño de fundar una ciudad desde cero, perfectamente planeada, donde no quepan los imprevistos y en la que haya soluciones antes de que los problemas se presenten, parezca cada vez más inalcanzable, más utópico aún si cabe, pero que igualmente siga persistiendo, con más fuerza quizás entre mayores se hacen los problemas y la vida en las ciudades se hace más difícil. Posiblemente con algo en mente próximo a un concepto de, podría decirse, “planeación total”, fue que en

1956, durante el gobierno de Juscelino Kubitschek, arrancó la construcción de Brasilia. Mientras que el resto de ciudades en el mundo crecen hacia donde el espacio se los permite y muy pocas veces consideran la suficiencia de recursos o servicios o, en el mejor de los casos, planeando el crecimiento sobre lo ya existente y tratando de hacer lo mejor posible con lo que ya se tiene, Brasilia nació de la nada pero con un plan maestro tras de sí, trazado con todo cuidado, pensado tanto para el presente como para el futuro.

La idea de construir una ciudad en el interior del Brasil para convertirla en la capital no era nueva. Ya desde finales del siglo XVIII se consideraba hacerlo y, tras la consecución de la independencia brasileña en 1822, se volvió a hablar de ello al año siguiente. En la primera Constitución de Brasil, promulgada en 1891, se determinó la construcción de una nueva ciudad capital y tres años más tarde se reservó el terreno donde se asentaría. Sin embargo, nada concreto pasaba. Tuvieron que transcurrir casi cien años para que la idea de la nueva capital empezara a tomar algo de forma. El 7 de septiembre de 1922 finalmente se colocó la primera piedra, una piedra solitaria que simbolizaba el largo peregrinar de una idea que aún no alcanzaba a concretarse. Esta solitaria piedra angular habría de mantenerse así otros treinta y tres años, pero ¿qué son treinta y tres años para un proyecto que no había alcanzado a ver la luz en casi doscientos? En 1955, la Comisión para la Nueva Capital Federal eligió el sitio donde habría de levantarse la ciudad: entre los paralelos 15 y 20 sur, justo el sitio donde, según la leyenda, don Bosco había anunciado que la nueva ciudad aparecería.

Juscelino Kubitschek no era hombre que se anduviera con chiquitas. No. Él pensaba a lo grande y podría decirse que el lema de su administración, “cincuenta años en cinco” —queriendo decir que Brasil lograría, en su período presidencial de cinco años, progresar lo que naturalmente tomaría cincuenta años—, podría aplicarse perfectamente a la construcción de Brasilia, que se llevó tan solo cuatro años. ¡Cuatro años solamente para una ciudad que había permanecido en el papel casi doscientos! Debieron ser, sin duda, cuatro años de actividad de lo más febril. Kubitschek, obsesionado tanto con el progreso de Brasil como con la construcción de Brasilia, destinó ingentes cantidades de recursos, materiales y humanos, para ver la ciudad terminada dentro de su mandato. Se rentaron aviones Boeing para transportar materiales al sitio de la construcción y llegaron miles de trabajadores de todo Brasil, principalmente del norte, a colaborar en la magna obra. Estos trabajadores, llamados candangos, representarían el primer problema al que la ciudad, a pesar de toda su cuidadosa planeación, debería de enfrentarse. Esto no obstó para que Kubitschek inaugurara oficialmente la ciudad el 22 de abril de 1960, a pesar de que aún no estaba totalmente terminada.

Brasilia, aparentemente, lo tenía todo. Vialidades que no se embotellarían, gracias a un sofisticado sistema de ejes viales que atravesarían la ciudad de punta a punta, surcados de tréboles que conducirían a los vehículos hacia las vialidades menores. Un suministro de agua suficiente y constante, para lo cual se creó un lago artificial, el Paranoá, que no sólo proveería de agua sino que también embellecería el paisaje. La población se compondría únicamente de personal asociado al gobierno y a las embajadas, lo que permitiría mantener un control adecuado sobre el crecimiento demográfico de la ciudad. Con lo que no se contaba fue con que, justamente, los trabajadores que laboraron arduas jornadas para la construcción de la ciudad no tenían adónde ir una vez concluida la obra. En un principio se crearon alojamientos para los candangos en los alrededores de la ciudad en construcción. Cuando concluyó la misma, muchos de ellos cayeron en la cuenta de que no podían darse el lujo de regresar a su lugar de origen, mientras que otros vieron en la nueva ciudad una oportunidad para una vida mejor, de manera que se instalaron permanentemente, lo que llevó a la creación de “ciudades satélites” de Brasilia en las que el contraste no pudo ser mayor. Mientras que en una todo era orden, planeación hasta en el mínimo detalle y control, los satélites se crearon para atender a una necesidad que en su momento se creyó transitoria pero que, al volverse permanente, comenzó a adolecer de los defectos del resto de las ciudades, principalmente de falta de planeación y de pobreza.

Cómo les cayó esto a los artífices de la gran obra, el urbanista y arquitecto Lucio Costa y el arquitecto Óscar Niemeyer, es algo que sólo se puede especular. Niemeyer había sido llamado por el propio Kubitschek para participar en el gran proyecto de la nueva capital, y Costa había ganado, en 1957, el concurso público que se abrió para elegir el plan maestro que se habría de seguir en la ciudad. Ambos arquitectos se conocían bien ya de tiempo atrás: habían trabajado juntos, en la década de 1930, en la construcción del edificio sede del Ministerio de Educación y Salud Pública. En dicha obra, de la que saldría el primer rascacielos financiado por el gobierno de un país, participó como consultor el arquitecto francés Le Corbusier, y sería el proyecto de mayor magnitud en que tomaría parte. Asimismo, el edificio del ministerio recogería los elementos del estilo que sería conocido como “modernismo brasileño”. Posteriormente, Costa y Niemeyer volvieron a colaborar, junto con Paul Lester Wiener, en la erección del pabellón de Brasil en la Feria Mundial de Nueva York de 1939, el cual impresionó tanto al alcalde de la ciudad, Fiorello La Guardia, que le otorgó las llaves de la ciudad a Niemeyer. Cuando Costa y Niemeyer fueron designados para encargarse de la construcción de la nueva capital, la reputación de ambos ya estaba bien establecida, tanto en su país como en el extranjero. Su obra y su estilo ya eran de todos conocidos y se correspondían, quizás, con la propia visión de Kubitschek respecto a Brasilia. El entonces presidente no era un novato en cuanto a desarrollos urbanos se refiere: en 1940, siendo alcalde de Belo Horizonte, la capital de Minas Gerais, encargó a Niemeyer el desarrollo de un complejo de edificios al norte de la ciudad, Pampulha, lo que dio al arquitecto la posibilidad de experimentar con el concreto armado en un nivel puramente estético. Niemeyer se oponía al funcionalismo monótono y a los duros ángulos de la arquitectura de su tiempo, favoreciendo más el fluir de las curvas y las líneas rectas y las posibilidades que ofrecían las nuevas tecnologías puestas al servicio de la arquitectura.

La ubicación de la ciudad parecería extraña a los ojos de cualquier observador casual, quien, quizás, pensaría que es producto de un sueño profético, dado lo arbitrario de la misma. Pero, dejando de lado los sueños apocalípticos de don Bosco, la situación de la ciudad obedeció a varias causas. Como se mencionó anteriormente, en el siglo XVIII ya se hablaba de llevar la capital tierra adentro: una capital que no se encontrara en el litoral no se veía expuesta a ataques marítimos. En este nuevo plan también se siguió la idea de ubicar la capital tierra adentro, si bien con propósitos distintos porque situar la capital justo en el centro del territorio brasileño permitiría conectarla con el resto del país, aparte de que permitiría desarrollar una zona donde solamente medraba el ganado. Y quizás también se pensó en los mismos términos de planeación que se plantearon ya desde el siglo XIX: llevar la capital hacia el centro significaría moverla del congestionado y sobrepoblado sureste del país, aunque esto significó dejar a la capital prácticamente en medio de ninguna parte.

Los planes de Niemeyer y Costa consistieron en construir una ciudad que, rindiendo homenaje a la modernidad y al progreso que la misma habría de simbolizar, vista desde lo alto, asemejara a un pájaro en vuelo o, dicen algunos, a un avión, cuyo cuerpo sería formado por los edificios gubernamentales y las alas serían los edificios destinados a casa habitación y a fines comerciales. Todos los edificios tendrían que imprimirle un carácter distintivo a la ciudad y ser un distintivo por sí mismos. Así, por ejemplo, situada en el centro del Eixo Monumental, una de las dos grandes vías que atraviesan la ciudad, en la Plaza de los Tres Poderes, que alberga el Palacio de Planalto, sede oficial de la presidencia de Brasil, el Supremo Tribunal y los edificios del Congreso, hacia donde vuelva la vista, el visitante tiene un panorama espectacular: al frente de la plaza, los dos hemisferios que conforman las cámaras de diputados y de senadores, divididas por una torre al centro; si voltea hacia la piscina reflejante, a espaldas de las Cámaras, se encontrará con el reflejo del Palacio de Planalto, cuya construcción de cristal pareciera salir del agua misma y que muy bien ejemplifica los principios de modernidad y simplicidad seguidos por Niemeyer. Y pareciera que el resto de la ciudad se planeó y construyó para llevar, tanto a su habitante como al visitante, de asombro en asombro. Los edificios destinados a casa habitación, por ejemplo, no servirían sólo al propósito de alojar a los funcionarios del gobierno y al personal de las embajadas. Esto se haría en un lugar en donde no habría distinciones ya que todos, tuvieran el rango que tuvieran, habrían de compartir espacios con el resto en un ambiente que buscaba conjugar la comodidad de los modernos edificios de departamentos con el contacto con la naturaleza, para lo cual las construcciones se situaron sobre pilotes. Y para un pueblo profundamente religioso, en particular católico, no podía faltar la catedral: una estructura hiperboloide compuesta por dieciséis columnas de concreto de noventa toneladas de peso cada una que, junto con su techo de cristal, pareciera querer tocar el mismo cielo.

A pesar de toda su planeación, de toda la supuesta atención al detalle y de parecer que se tuvieron en cuenta la funcionalidad tanto como la estética, gracias a los jardines diseñados por el arquitecto paisajista Roberto Burle Marx, la ciudad ha sido objeto de duras críticas prácticamente desde su inauguración. Tanto visitantes como residentes perciben a la ciudad como poco humana, desde el punto de vista estético, y como poco funcional. Lo primero se ha ido remediando con el tiempo, añadiendo jardines y adornos que quiten la impresión de ser un baldío donde aterrizaron construcciones. Lo segundo es ya más complicado. Al ser la única ciudad construida en el siglo XX declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO — en 1987 —, las modificaciones que se requerirían para mejorar cosas como el alumbrado en las “supercuadras” de los complejos habitacionales no son posibles, lo que dificulta el tránsito por las noches y aumenta la incidencia delictiva. Otro problema es que, siguiendo el pensamiento de Kubitschek, quien había llevado a las grandes empresas automotrices a Brasil en su empeño por hacer crecer a su país, la ciudad no está pensada para el viandante. Atravesar los ejes viales es una empresa mortal, a tal grado que, en la década de 1980, dejaba un saldo de al menos un peatón atropellado fatalmente por semana. La excesiva planeación y sectorización de la ciudad también ha sido motivo de críticas que caen en lo que parece ser la constante de las mismas: la deshumanización. Al estar todo tan bien colocado en su sitio, no se dejó lugar alguno para la interacción humana, al no haber zonas de uso múltiple. A su vez, la falta de zonas que cumplan diversos propósitos hace que las distancias que se han de recorrer sean siempre demasiado largas cuando se trata de solicitar un servicio cualquiera. “Una ciudad pensada para los automóviles y los aires acondicionados”, apunta un crítico local, adonde los políticos y empleados de alto rango de las industrias que allí operan son llevados con promesas de aumentos de sueldo del 100% pero que, en cuanto pueden, huyen a sitios menos inhóspitos, como Río de Janeiro o Sao Paulo, en tanto que los habitantes de las llamadas “anti–Brasilias”, o sea, los barrios pobres que circundan la ciudad, han de conformarse con lo que les toca.

A la vista de todo esto, la conclusión más obvia es que Brasilia fue un fracaso, un alarde costosísimo, una dispendiosa muestra de corrupción que, a decir de algunos, fue uno de los detonantes del golpe de Estado militar que, sólo tres años después de finalizar el mandato de Kubitschek en 1961, sumiría a Brasil en una dictadura por más de veinte años. Sin embargo, no todo es disfuncional en una ciudad que se planeó para ser justamente lo contrario, o sea, un modelo de funcionalidad. Su emplazamiento, extraño como pareció al principio, llevó a que la red carretera de Brasil se extendiera para, efectivamente, unir a todo el país con un sistema vial que es más que aceptable. También contribuyó a llamar la atención sobre una región cuyos recursos, hasta el momento, no habían sido utilizados, amén de que, gracias a esto mismo, el desarrollo de las ciudades satélites que surgieron a su par se ha visto sumamente favorecido. No queda sino esperar que, con el tiempo, la ciudad alcance un equilibrio y que se aprenda la lección, si es que en el futuro se van a realizar experimentos de tal calado. Como apuntara Frank Lloyd Wright en 1932, “los valores de la arquitectura son valores humanos y, si no lo son, no tienen valor alguno”.

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