“…Presumís en vano

De esas composiciones peregrinas.

¡Gracias al que nos trajo las gallinas!”

“Los huevos”, Tomás de Iriarte

En las postrimerías de la primera década del siglo XXI, podría decirse que, no sólo tenemos el mundo a nuestros pies: lo tenemos en la punta de los dedos. La vertiginosa carrera tecnológica que se ha visto desde la segunda mitad del siglo pasado no deja de ser pasmosa, sin embargo a las nuevas generaciones el avance, tanto científico como tecnológico puede no parecerles tan maravilloso, habida cuenta de lo acostumbradas que parecen estar a él. Es fácil no detenerse a pensar en los años que han pasado para llegar al nivel de desarrollo que se observa hoy en día, a pesar de que las distancias temporales parecen haberse acortado durante los últimos cien años; basta con ver la idea que se tenía del avance de la ciencia y el progreso de la tecnología en las obras de ciencia ficción de mediados del siglo pasado; quizás una obra como “Las crónicas marcianas”, de Ray Bradbury, nos parezca descabellada y algo traída del pelo hoy en día, sin embargo da testimonio de los alcances a que se pensaba podían llegar la ciencia y la técnica en el transcurso de pocos años, si se considera la velocidad a que se avanzaba durante los años de la posguerra. Todo esto nos ha hecho olvidarnos un poco, quizás, de los pasos, lastimosamente lentos, que tuvo que dar la humanidad, ya no para pensar en la siguiente carrera espacial, sino para evitar su extinción mientras aseguraban la supervivencia de la generación venidera.

El arqueólogo inglés John Mellaart sacó a la luz, en 1958, el que posiblemente sea el hito más importante de la civilización: el asentamiento neolítico de Catalhöyük, en la Anatolia central. Quizás parezca exagerado hablar de una “ciudad” que floreció hacia el 6500 antes de la era común-o quizás antes-, sin embargo, las excavaciones revelaron justamente eso: un asentamiento habitado por alrededor de 10,000 personas, las cuales vivían en casas contiguas cuyos accesos se encontraban en el techo de las mismas. Lo sorprendente del

hallazgo fue, pues, quizás tanto el tamaño de la ciudad como el número de pobladores que, se ha calculado, alojaba.

El establecimiento, que comprende 32 acres de construcciones situadas una al lado de la otra en una disposición que recuerda vagamente a un panal, recibe su nombre de una colina cercana, de forma dentada. Quizás el que el asentamiento haya crecido de la forma en que lo hizo hasta alcanzar las dimensiones que abarcó gracias principalmente a las condiciones imperantes: el suelo aluvial de la planicie donde se asienta la ciudad era sumamente fértil, por lo que puede suponerse que a los primeros pobladores, que llegaron a la región hacia el 7,000 antes de nuestra era, no les planteó problema alguno la alimentación; asimismo, los animales que llegaban a pastar al valle supusieron un sustancial aumento en la dieta.

Podemos suponer que con el problema principal, la alimentación, resuelto por las sumamente favorables condiciones de la planicie, los pobladores voltearon inmediatamente su atención a la siguiente necesidad apremiante: el refugio. Las viviendas en Catalhöyük son unas curiosas construcciones casi cúbicas, compuestas de habitaciones principales de 4 por 6 metros, construidas con adobes, sostenidas por vigas de madera y niveladas con esteras de carrizo; las paredes, todas, tienen acabados de estuco, sobre los que se encuentran tanto relieves del mismo material como pinturas en tonos rojizos. Lo que más llama la atención de esta ciudad es su tránsito: los habitantes debían circular por los techos, ya que no hay veredas para los transeúntes, y las puertas mismas se encuentran situadas en los techos; para entrar o salir, los moradores debían subir o bajar por unas empinadas escaleras de madera que sobresalían de la entrada. En el interior de las casas puede observarse que, del lado izquierdo, a un costado de las escaleras, se encontraba una especie de estufa u horno abierto, excavado directamente en la pared de la habitación. Las casas carecían de ventanas, por lo que la iluminación y la ventilación provenían exclusivamente de la puerta; esto, aunado al tamaño de las habitaciones, ha llevado a suponer que la mayoría de las actividades comunales, cuando el clima lo permitía, se llevaban a cabo en las azoteas, que en conjunto formaban una suerte de plaza. Las construcciones, según han revelado las recientes excavaciones, se componen de varios niveles. Se supone que las habitaciones se encuentran superpuestas porque, según observó Mellaart, al término de la vida útil del edificio primitivo, se optaba por derribar el techo y construir sobre lo ya existente, dejando intacta la chimenea. Las habitaciones inferiores se utilizaban, entonces, como une suerte de tumba.

Quizás sin el concurso de las circunstancias geográficas del lugar, la planicie no hubiera podido estar tan densamente poblada para los estándares de la época. Pero, como ya se mencionó con anterioridad, el suelo era sumamente fértil, lo que permitió que tanto cereales como leguminosas fueran fácilmente domesticados por los habitantes de Catalhöyük; los cuartos accesorios de las viviendas, utilizados en ocasiones como graneros, dan cuenta de lo que se cultivaba: farro (una especie híbrida de trigo cuyo cultivo ha caído en desuso salvo en ciertas partes de Europa, pero muy popular en la zona durante el Neolítico), cebada y lentejas; por extraño que parezca, y a pesar de haber sido encontrados hornos, tanto dentro de las casas como grandes hornos comunales, no hay evidencia de material empleado para moler el grano. Junto con los cereales también se domesticaron algunos animales, que se empleaban, podemos suponer, en las labores agrícolas, para vestido y para la alimentación; entre las especies domesticadas se encuentran pollos, cerdos, onagros y ovejas; hay un caso, quizás excepcional, de un bóvido cuya imagen se encuentra repetidamente en relieves en los habitáculos de la ciudad: de mayor tamaño que el ganado bovino actual, no hay evidencias de su domesticación, pero se piensa que era uno de los animales que cazaban los habitantes de Catalhöyük, lo cual probablemente haya contribuido a su extinción, y del cual se aprovechaba la piel y el pelo.

Un rasgo de interés revelado por las excavaciones es que los habitantes de Catalhöyük eran particularmente pulcros. Las viviendas eran continuamente remozadas, pudiéndose apreciar múltiples recubrimientos de estuco en sus paredes y pisos, labor muy necesaria si se tiene en cuenta que la ventilación en el interior de las viviendas era un tanto precaria y que se utilizaba el excremento seco de los animales como combustible en chimeneas y estufas interiores. Puede pensarse que hasta quizás hubieran organizado algo parecido a un sistema de recolección de desechos de todo tipo, ya que, en las afueras de la ciudad se ha encontrado una especie de vertedero a donde iban a dar tanto los desechos orgánicos como los residuos humanos; curiosamente, en el interior de las viviendas no se ha encontrado nada que pudiera tacharse de desperdicio o basura.

Si bien no se ha encontrado nada que sugiera la existencia de un templo—a pesar de la insistencia de Mellaart en apuntar la existencia de algún tipo de culto—, podría bien decirse que, a pesar de ser una comunidad bastante extensa, los habitantes de la ciudad calcolítica compartían ciertos ritos comunes. La forma de enterrar a los muertos, por ejemplo, es la misma en todos los casos que se han estudiado: se cree que los cadáveres eran expuestos a los elementos durante un tiempo, lo que facilitaba el que fueran compactados y guardados en canastos o esteras de carrizo, mismos que se conservaban debajo de los pisos de las viviendas; algunos de los esqueletos se encuentran incompletos, ya que se supone que, al haber sido encontrados cráneos pintados en color ocre, estos se utilizaban con algún sentido ritual; más allá de esto, poco más se ha encontrado en los entierros, salvo huellas de pintura ocre y unos pocos objetos ornamentales personales. Y algo que ha contribuido, no poco, al asombro y perplejidad de los arqueólogos, es el hecho de que, desde las primeras excavaciones, hace ya más de cincuenta años, se han encontrado múltiples figurillas de arcilla cocida y materiales diversos del tipo llamado Venus, esto es, representaciones de mujeres encintas o dando a luz, lo que dio pie a que Mellaart aseverara que en Catalhöyük se rendía culto a la Diosa Madre, afirmación que ha creado no poca polémica. Una figura, principalmente, la conocida como la “Mujer sentada de Catalhöyük”, muestra la imagen de una mujer de vientre abultado con dos leopardos a cada lado, que es en la que basó Mellaart su afirmación. No obstante la “contundencia” del argumento, muchos otros temas recurrentes, tanto en pinturas como en relieves, como las leonas enfrentadas o los buitres, ha llevado a la conclusión de que si tales objetos han de tomarse como parte de un culto, dicho culto ha de ser altamente simbólico, plagado de significados que quizás no se lleguen a descifrar nunca. Ian Hodder, el encargado de las excavaciones que se reanudaron en 1993, tras veintiocho años de inactividad, afirma que las pruebas del culto a la Diosa Madre son escasas; por el contrario, se han encontrado múltiples figurillas que no coinciden entre sí, además de que las recientes excavaciones han descubierto cerca de 2,000 figuras, de las cuales, muy pocas, el 5%, son representaciones femeninas.

Más allá de una descripción del sitio, de las viviendas y de los objetos encontrados, queda, sin duda, la pregunta que los arqueólogos tratan de responder desde que los primeros muros de la ciudad fueron desenterrados: ¿cómo era la vida en Catalhöyük? A esto se puede responder que, entre más progresan las excavaciones, menos se sabe, y mientras más sale a la luz del asentamiento, más contradictoria se vuelve la información generada por los nuevos estudios. La arqueología, según dicen los propios expertos, no es ninguna ciencia exacta, ya que a partir de jirones, retazos y piezas sueltas han de intentar reconstruir no sólo una edificación, sino hasta la forma en que vivían quienes habitaban el lugar. La peculiar construcción de Catalhöyük, por ejemplo, puede no obedecer a un asentamiento típico de la Revolución Neolítica, sino más bien a un grupo de personas que se asentaron en el lugar porque justamente las condiciones lo permitían, sin que mediaran las circunstancias que se dan como típicas para el surgimiento de comunidades sedentarias, esto es, la domesticación tanto de cultivos como de animales. Puede ser que no hayan conformado una comunidad tan productiva o económicamente próspera como se pensaba cuando recién se descubrió; quizás no hayan sido más que un grupo de recolectores y cazadores un poco más avanzados que sus contemporáneos. Vaya, ni siquiera se puede establecer una razón sólida por la cual tal cantidad de personas hayan decidido establecerse, juntas, en ese lugar en particular. Lo único que pueden hacer los arqueólogos es comparar sus hallazgos con otros similares y tratar de interpretar los rasgos comunes o las diferencias encontrados, intentando dar una respuesta, un significado a lo que descubren. Pero, a pesar de todo esto, de las interpretaciones encontradas, y en ocasiones, contradictorias, lo que nos queda de Catalhöyük puede, en un nivel muy básico, hablarnos de esos penosos pasos que nuestros ancestros hubieron de dar para que, finalmente, a la vuelta de los milenios—¡qué fácil se dice!—, podamos encontrarnos con todas las maravillas con que la ciencia y la tecnología hoy en día nos rodean. Viéndolo así, lo que quizás para algunos no sea sino un montón de adobes apilados sin concierto, debería de considerarse más bien como el inicio de la vida como la conocemos hoy día. Aunque el pasado siga siendo un arcano indescifrable, lo que podemos palpar, lo que podemos observar de él pudiera muy bien hacernos decir lo que Tomás de Iriarte: “¡Gracias al que nos trajo las gallinas!”

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