Palacio de Hierro de Orizaba

Al escuchar el nombre palacio de hierro, mucha gente podría pensar en tiendas departamentales; sin embargo, en el caso de la construcción ubicada en Orizaba no es así: el municipio veracruzano cuenta con una joya de acero, considerada el máximo representante del art nouveau en México. El llamado Palacio de hierro de Orizaba, que fue trasladado desde Europa para ser armado finalmente en suelo mexicano ―al igual que la estructura del Museo del Chopo—, adquirió su nombre gracias a las personas que al pasar lo admiraban y lo identificaban como el “palacio de hierro”, aludiendo a su magnífica apariencia, a la función que originalmente desempeñó —ser el palacio municipal de Orizaba— y al elemento más evidente del mismo: su estructura de hierro forjado. 

El 15 de abril de 1891, por iniciativa del alcalde Julio M. Vélez se aprobó la construcción de un palacio municipal para la ciudad de Orizaba, una estructura que tendría un diseño único y que emplearía materiales distintos de los usados comúnmente. Con ello se pretendía que fuese un edificio que mostrara el auge de la ciudad, dado que a finales del siglo XIX Orizaba era la quinta ciudad más importante del país, la más rica e industrializada del estado de Veracruz e incluso, para algunos, la ciudad más culta y educada del país, todo ello debido a que un porcentaje importante de sus pobladores eran inmigrantes procedentes de distintas partes del mundo, quienes habían arribado a la zona montañosa de Veracruz dispuestos a probar fortuna y emprender nuevos negocios. 

Los motivos anteriores hacían que Orizaba, en ese momento, gozara de un importante desarrollo textil y cervecero; además, era punto de tránsito obligatorio para los viajeros que arribaban al puerto jarocho y se dirigían a la Ciudad de México. Por ello se pensó en construir un palacio municipal digno de ser admirado por los visitantes y por los mismos vecinos de la ciudad. 

El ayuntamiento de Orizaba otorgó la autorización necesaria para solicitar la construcción del palacio en Bélgica: un edificio hecho de lámina, con postes, tornillos y ornamentos de hierro fundido rematado por puertas de madera, todo moldeado según la moda europea. La decisión de encargar una construcción en estilo art nouveau —que llegó a México durante el porfiriato— respondía a una tendencia existente a nivel nacional, mediante la cual se pretendía mostrar al mundo que el país había accedido a la modernidad; tal carácter moderno, además de implicar la existencia de una estabilidad económica palpable ―prácticamente inexistente durante los primeros cincuenta años de vida independiente—, se traducía en la modernización de la infraestructura y, en general, de las construcciones. 

En 1889, una bella estructura de acero ―el pabellón de la delegación de Bélgica— había engalanado la Exposición Universal de París; se presume que su diseño había correspondido a Gustave Eiffel, quien construyó monumentos y edificios sumamente reconocidos dentro del llamado art nouveau, cuya característica más importante —y moderna— era la utilización con fines ornamentales de los nuevos materiales industriales —vidrio, hierro, concreto, mosaico producido en masa—, muchas veces bajo la apariencia de elementos orgánicos, como plantas. El art nouveau fue un reflejo de los avances logrados en medio de la revolución industrial, al mostrarse que materiales como los antes mencionados podían convertirse en edificios y objetos de magna belleza. 

Al terminar la Exposición Universal, el gobierno de Veracruz giró instrucciones para adquirir el pabellón por 80,000 pesos: era la estructura perfecta —a pesar de no ser muy grande—, y sus dos pisos serían más que suficientes para albergar los poderes locales de Orizaba. 

El palacio, construido en los talleres de la Societé Anonymé des Forges D ́Aiseau, de Bélgica, vio incrementar su costo ―debido a los gastos por el traslado— a 100,000 pesos, de los que un primer pago se integró mediante un préstamo de 60,000 pesos otorgado por Manuel Carrillo Tablas, 10,000 por parte del gobierno del estado y 2,000 del ayuntamiento de la ciudad. El edificio adquirido era una estructura completamente desarmable, de hierro forjado, cuyas dos plantas totalizaban una altura de 14 metros. Sus 600 toneladas de acero, madera y cristal fueron enviadas en partes ―3,369 bultos, más la estructura metálica— hasta México en tres barcos: el 3 de junio de 1892 llegó el vapor París, con 880 bultos de materiales; el 1 de agosto arribó un segundo navío, el francés Havre, con 2,489 bultos y, finalmente, el 29 de mayo de 1893 atracó en Veracruz el buque inglés Vala con las últimas piezas. Desde el puerto de Veracruz hasta Orizaba las piezas fueron transportadas en ferrocarril. 

El precio del desembarco y el traslado del palacio fue sufragado nuevamente por Castillo Tablas. El alto costo de construcción obligó al municipio a emplear sólo los planos originales del edificio en su ensamblado —sin la concurrencia de técnicos europeos—, para lo cual se contrató a un grupo de constructores a cargo de los mexicanos Arturo B. Boca ―quien se encargó de la cimentación— y Ricardo Segura, quien fue el encargado de la construcción del edificio. Finalmente, el Palacio de hierro fue armado en un terreno de 1,180 m2 en la Plaza de Armas de la ciudad, entre la antigua casa consistorial de Orizaba y el entonces palacio municipal. Para ponerlo en pie se requirieron 823,222 tornillos, de los cuales se conservan actualmente casi todos originales. El edificio posee ochenta y siete columnas que funcionan como conexiones hacia un drenaje central, lo que evita inundaciones y escurrimientos además de mantener secos los pasillos. 

La inauguración se realizó con un solemne acto al que asistieron autoridades locales y federales, entre ellos Ángel Jiménez Prieto, representante del presidente de la Republica, Porfirio Díaz; se encontraban también Teodoro A. Dehesa, gobernador de Veracruz, Ricardo Segura, alcalde de la ciudad de Orizaba y Leandro M. Alcocer. La ceremonia tuvo lugar el 15 de septiembre de 1894, para unirla a la celebración de las fiestas conmemorativas de la independencia de México. Hasta ese momento había transcurrido un año desde el inicio de la construcción del palacio. 

El palacio ha conservado su estructura original. Cuenta con dos plantas de 1,180 m2, cada una con diecinueve departamentos asignados a distintas funciones: la planta baja albergó la presidencia, el registro civil, las oficinas de los regidores, la sala de síndicos, la junta permanente de conciliación y arbitraje, así como la tesorería. En la planta alta se encontraban el juzgado primero del ramo penal y el segundo de lo civil, el departamento de archivo y estadística y la sala de cabildos. 

En 1905 fue inaugurado en el palacio el Colegio Preparatoriano, planeado por Carlos Herrera y Terán. En 1913, durante la revolución constitucionalista, el edificio fue tomado por las tropas de Rafael Tapia. Para 1921, terminada la fase armada de la revolución, la Secretaría de Educación Pública empleó al edificio como Escuela Técnica Industrial y Comercial de Orizaba; la propia secretaría permaneció durante varias décadas en la estructura de acero, pero para el año de 1990 la abandonó. 

El famoso Palacio de hierro fue la sede de los poderes locales hasta el 7 de enero de 1991, fecha en que se trasladó a otro edificio, el antiguo Centro Educativo Obrero, en el que actualmente se encuentra el ayuntamiento. Tras algunos años de abandono, la estructura se deterioró; sin embargo, hacia el año 2000 el gobierno federal, a través del Programa de las Cien Ciudades ―cuyo objeto es el desarrollo urbano—, le devolvió al palacio el esplendor de sus primeros años. El Palacio de hierro sido catalogado como una de las construcciones más bellas de México, además de ser única en su tipo a nivel mundial. Actualmente alberga el museo de la cerveza, un museo de arte prehispánico, una biblioteca, algunas salas de conferencias, las oficinas de turismo del municipio de Orizaba y una cafetería. 

El Palacio de hierro de Orizaba es una muestra de cómo el acero pudo convertirse en arte, arte funcional, sobrevivir al paso de los años y permanecer como testigo mudo de la industrialización de un país que trató de mostrar al mundo las múltiples maneras en que podía incorporarse a la modernidad. 

ANA SILVIA RÁBAGO CORDERO 

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