El túnel del estrecho del Bósforo y el proyecto

Marmaray 

Los grandes centros urbanos tienen un atractivo innegable: podría decirse que en sus calles, como venas, circula la vida económica y cultural. Si bien es cierto que estas actividades no son exclusivas de las grandes urbes, sí puede decirse que, en cierta forma, en ellas se reconcentran, dando la impresión de vida incesante, de movimiento perpetuo. Ya desde la aparición de los primeros grandes asentamientos humanos se hacía una distinción entre el lugar en el que se llevaban a cabo las actividades productivas —como la ganadería o la agricultura— y el lugar en donde se residía, que era, a un tiempo, el lugar donde se comerciaba y donde se gobernaba, en donde se rendía culto y donde se cantaba y se bailaba, donde se llevaban los registros y donde se escribía y se leía. A un mismo tiempo, la ubicación de algunos de estos centros urbanos permitía el contacto con pobladores de otros centros, lo que impulsaba la actividad económica: unos tenían lo que otros necesitaban y estos, a su vez, ofrecían lo que podía ser de interés al primero, lo que también hacía posible el intercambio cultural. 

Las comunidades humanas, sin embargo, no permanecen estáticas. Su número de integrantes, por ejemplo, es lo primero que varía y, si las condiciones son propicias aunque no siempre parece aplicar esta regla, aumentará; ello, a su vez, comienza a provocar inconvenientes y, de hecho, ha ocasionado todo tipo de problemas desde que el mundo es mundo. En un principio, lo único que podían hacer los seres humanos cuando se enfrentaban a una crisis por escasez de alimentos o de otros recursos necesarios para la supervivencia era marcharse a otro lugar donde hubiera condiciones más propicias; esto, sin embargo, se volvió imposible a medida que los espacios habitables en el mundo se fueron ocupando, ya que el hacerlo suponía una agresión para quienes se hubiesen asentado primero. A medida que las necesidades humanas cambiaron se fueron incrementando y, hasta cierto punto, sofisticando, con lo que el ingenio humano se aguzó igualmente. Porque ya no bastaba con mudarse: había que encontrar la forma de alojar en un mismo sitio a poblaciones cada vez mayores, asegurándose, en la medida de lo posible, de que contaran no sólo con recursos para sobrevivir, sino también para hacerlo con cierta comodidad. El concepto de servicios, desconocido en épocas en las que los pobladores, ya fuera de grandes centros urbanos o de poblaciones más pequeñas y modestas, habían de gestionar la satisfacción de necesidades que iban desde abastecerse de agua en el interior de su vivienda hasta pensar qué hacían con los desechos que se generaban día con día, es de vital importancia cuando se habla de la urbe contemporánea, abismalmente distinta de los populosos centros urbanos de milenios ha. Ya no basta con que los vecinos de tal comunidad tengan trabajo: también han de tener maneras rápidas y seguras de transportarse hasta él. Ya no es suficiente garantizar el abasto de alimentos: también se ha de garantizar que la población tenga acceso casi directo a ellos. Como se puede ver, ya no es suficiente con que se le proporcione a la población los medios para vivir, sino que también se requiere darle acceso a los mismos: que lleguen a todo aquello que necesitan, vaya. 

El ser humano fue hecho para moverse, dicen. Primero fue en sus pies, a los que, sin duda, hace referencia al dicho, aunque más adelante, con la domesticación de los animales de tiro, encontró que era más sencillo, cómodo y rápido viajar a lomos de algo más, y de ahí a los carruajes de los más diversos tipos no hubo más que un paso. Sin embargo, hubieron de pasar siglos y siglos hasta que se pudiera desarrollar un vehículo cuyo desplazamiento fuera independiente de la fuerza motriz de los animales pero que, al igual que estos, pudiera moverse largas distancias en terrenos accidentados y de manera confiable. Las tecnologías para avanzar por el agua —otro reto importantísimo para la movilidad humana— se desarrollaron mucho más rápido que las de avanzar por tierra y el agua se volvió, entonces, primordial para el transporte, tanto de seres humanos como de mercancías. 

En las postrimerías del siglo XX, tras un larguísimo y no poco accidentado viaje, el ser humano parecía haber conquistado todo: no solo la tierra y el agua, sino también el aire y hasta el espacio exterior. Aparentemente, todo se le había rendido y no había sitio por donde no pudiera moverse con relativa seguridad y rapidez. Pero había —y todavía hay algún resabio de ello— un problema que es insoluble el tráfico en las ciudades. 

Porque si bien es cierto que el ser humano ha conquistado todos los espacios posibles, también lo es que la gestión de los mismos no parece haber sido muy exitosa en la mayoría de los ámbitos y esto parece ir de la mano con lo que en ciertos círculos se considera una virtud de las ciudades: su capacidad para crecer aparentemente sin límites. A esta capacidad se suma otra más, igualmente cuestionable: la de albergar parques vehiculares cada vez más numerosos. 

Aunque las ciudades, algunas, parezcan crecer sin límite alguno, dando la impresión de que su espacio físico es infinito y corre parejo con su capacidad de alojar a cuantos seres humanos tengan a bien vivir en ella, la realidad ha demostrado que no es así. Las congestiones viales en las urbes que rebasan cierto número de habitantes no solo provocan efectos secundarios indeseados, como la contaminación ambiental producida por la combustión de hidrocarburos: también se ve disminuida la calidad de vida de sus habitantes. Es por esto que, cuando se anuncian proyectos que prometen no únicamente paliar el problema sino resolverlo, el público los recibe con todo entusiasmo, a pesar de que se trate de obras faraónicas, lo mismo por su magnitud que por lo costosas que resultan. 

Para muestra puede considerarse el proyecto Marmaray, en Turquía, que promete, como tantos otros de su misma naturaleza, reducir un trayecto que habitualmente se recorre en una hora y media a tan solo quince minutos. Lo sorprendente de este proyecto es que no va a lograr tamaña proeza colocándole un segundo piso a alguna vialidad ya existente, sino mediante la construcción de un túnel que va a unir a dos continentes: Asia y Europa. 

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