Tres momentos decisivos

José de la Borda, uno de los mineros más acaudalados de la Nueva España, ordenó en 1751 la construcción de la iglesia de Santa Prisca, en Taxco. En la imagen, remate de uno de los retablos laterales del templo.

Numerosos son los hitos que permiten ubicar en la historia de la minería en México a lo largo de los últimos cinco siglos. Sin embargo, se han elegido tres que, se considera, permiten comprender el rumbo tomado por el sector antes de la tecnificación acelerada de que ha sido objeto en el lapso de los últimos cincuenta años. Estos se ubican en la época novohispana y en un periodo extenso del siglo XIX.

Los procesos geológicos sucedidos a lo largo de los milenios en el territorio que hoy ocupa México, han sido los responsables de la presencia de una orografía plena de sierras, montañas y cañadas, al tiempo que permitieron la formación de depósitos minerales de suma variedad y enorme cuantía. Desde épocas muy remotas, los pueblos mesoamericanos encontraron placeres en el oro, que explotaron para crear piezas ornamentales de gran valor artístico. Entre los siglos xv y xvi, los purhépechas llevaron la metalurgia un paso adelante al extraer el metal presente en vetas superficiales de cobre para formar objetos de uso cotidiano —braseros, azadas, punzones—, joyería o bien, para alearlo con estaño y forjar armas, lo cual les permitió, durante un centenar de años, resistir los embates de la Triple Alianza encabezada por los mexicas de Tenochtitlan.

La minería solo adquiriría un aspecto intensivo —y extensivo— luego de la llegada de los conquistadores españoles. Sería entonces cuando comenzarían a excavarse túneles en distintas partes de la geografía novohispana, cuando las galerías penetrarían en los cerros para horadarlos de lado a lado, cuando los pozos abiertos para la extracción de minerales mostrarían a las personas una cara de la Tierra distinta de aquella, de profundos contenidos místicos, que había tenido hasta el momento.

El beneficio de patio

Las primeras minas descubiertas en la Nueva España se encontraban en las inmediaciones de la Ciudad de México, concretamente, hacia el sur y el suroeste de la misma. En su avance hacia la costa, los exploradores españoles pronto encontraron los ricos filones de plata ubicados en Tlalpujahua, en Sultepec y en Taxco. Aparecieron entonces las primeras minas y, a su vera, las primeras fundiciones. Las tareas de exploración, conquista y colonización comenzaron a mostrarse como empresas rentables a medida que la riqueza fluía de las entrañas de la tierra a los bolsillos de los europeos y, mejor aún, a las arcas de la Real Hacienda, siempre necesitada de fondos lo mismo para costear empresas guerreras del otro lado del Atlántico que para sostener el boato de la corte del emperador Carlos.

A pesar de la bonanza, para los conocedores pronto fue claro que el beneficio que se obtenía de los metales era insuficiente. La culpa, lo sabían, era del procedimiento que se empleaba para separar la plata del resto de todo aquello con lo que se encontraba en estado natural. Es decir, de la fundición. Si el mineral no era de una cierta pureza, el procedimiento no podía ponerse en práctica. En consecuencia, el porcentaje explotable era considerablemente menor a aquel que no podía ser utilizado.

La frontera minera se desplazó hacia el norte en las décadas de 1530 y 1540. En 1546 se ubicaron los ricos depósitos de plata de Zacatecas. Menos de diez años después, hacia el sur, se encontraron los yacimientos de Pachuca y sus alrededores. Aun cuando la plata no dejaba de extraerse ni de proporcionar una riqueza inimaginable a todos los involucrados en el proceso, el problema de los bajos rendimientos seguía presente.

Alrededor de 1550 llegó a la Nueva España un individuo de nombre Bartolomé de Medina, comerciante de oficio aunque entendido en las artes de la minería, quien poseía una fórmula más o menos secreta mediante la cual, decía, podría obtener plata de buena ley sin importar la pureza del mineral a partir del cual se extrajera.

Medina invirtió en un terreno en la zona de Pachuca, montó una mina y comenzó a experimentar. Luego de no pocos fracasos, motivados por el hecho de que la fórmula estaba incompleta, en 1555 Medina encontró lo que buscaba: una forma de obtener plata a partir de minerales de baja ley.

El procedimiento era sencillo, aunque laborioso. El mineral de plata debía molerse y tamizarse, se le añadía mercurio, sal y un compuesto denominado “magistral” —obtenido al tostar piritas de hierro y de cobre—, se formaban tortas y se repasaban durante varias semanas, hasta que la plata se había unido con el mercurio. Después de ello se lavaba la mezcla y se retiraba el mercurio por destilación. La plata obtenida estaba lista para pasar al horno, donde se le daría la forma que resultara más conveniente.

El método inventado por Medina se realizaba en enormes patios, los cuales se llenaban con las tortas de mineral. De ahí que recibiera el nombre de “beneficio de patio”. Durante los siguientes trescientos años sería la forma común de refinar la plata, lo que daría una mayor rentabilidad a las minas provistas de filones de baja ley aunque, como contraparte, haría a la minería dependiente de los suministros de mercurio procedentes de Huancavelica —Perú— o de Almadén —España.

La modernización borbónica

La minería fue, a lo largo del siglo XVI, la actividad preponderante en la economía novohispana. El descubrimiento más o menos continuo de nuevos yacimientos de plata permitió que el flujo de metal rumbo a Europa fuera constante, con todo y los contratiempos asociados a su extracción, ensaye, fundición y traslado. Dichas dificultades involucraban, sobre todo, la presencia de indígenas hostiles en el camino entre los reales mineros y la Ciudad de México —o de bandoleros entre ésta y el puerto de Veracruz—, la inundación o el derrumbe de las galerías, la falta de mercurio para beneficiar la plata en la medida en que se necesitaba o del dinero y las herramientas adecuadas para ampliar los tiros de aquellas minas cuyas vetas aparentes se habían agotado. A lo largo del siglo XVII, la cantidad de metales que llegaban a la metrópoli imperial decreció de forma considerable, en parte debido a las interminables guerras que sostenía España contra sus rivales habituales —Inglaterra, Holanda, Francia—, y que interrumpían las comunicaciones marítimas durante largos periodos; y en parte también porque la producción minera novohispana disminuyó debido a las dificultades ya mencionadas.

Un problema aledaño a los ya mencionados era que buena parte de los saberes que gobernaban la actividad minera eran empíricos. Por citar solo un ejemplo, los buscadores de minas dependían de, al menos, tres de sus sentidos para cumplir con su cometido: con la vista para detectar tonos verdosos, o de un gris más profundo, que delataban la presencia de vetas de plata; con el olfato percibía los aromas poco agradables de los compuestos sulfurosos que acompañaban a los depósitos de plata; mientras que con el gusto comprobaban que la piedra en que había fijado su atención en verdad contenía plata.

Si bien dichos métodos habían probado su valía a lo largo del tiempo, como contraparte, exponían a los mineros a una cantidad importante de riesgos y, además, el nivel de certeza con el que contaban era realmente bajo. Era evidente que se requería de mejores métodos para ubicar, extraer y refinar los yacimientos de plata. A lo largo del siglo XVIII, las autoridades virreinales trataron de incrementar la producción de plata mediante la reducción del costo del mercurio o de los impuestos directos que afectaban a los productores, y también de generar una nueva base de conocimientos que impactara en la actividad minera. Así, junto con la apertura en 1792 del Real Seminario de Minería, en el que se impartirían las asignaturas de mineralogía o química, entre otras, se dio entrada a las ideas de distintos hombres interesados en mejorar los procesos relacionados con la extracción minera. Joaquín Velázquez de León y José Antonio Alzate, cada uno por su cuenta, inventaron sendos malacates —movidos por tracción animal— para desalojar con mayor rapidez el agua acumulada en las minas. El propio Velázquez de León propuso, en el último tercio del siglo XVIII, la construcción de hornos armados con cuatro fuelles, mediante los cuales la fundición se tornó más eficiente.

El impulso recibido en el último tramo de la era virreinal por las vías legal y fiscal le permitió a la minería romper con las inercias de la crisis y experimentar el auge, el cual, a final de cuentas, resultó ser una ilusión. El estallido en 1810 de la revuelta acaudillada por Miguel Hidalgo dislocó los circuitos de los que dependía el sector, ahuyentó a la gente de los reales mineros y destruyó la infraestructura con que se contaba. Habrían de pasar varios años más para que las minas del México Independiente se reintegraran a la vida productiva, esta vez de la mano de inversionistas extranjeros armados de fuertes sumas de capital y de tecnología concebida en medio del furor industrial que lentamente se expandía por el planeta.

La internacionalización

La independencia de la Nueva España, y el consiguiente nacimiento de México, estuvieron acompañados de una serie de contratiempos. El principal de ellos, quizá, era la falta de recursos para hacer frente a las necesidades más apremiantes de la administración pública, un problema heredado del régimen virreinal, pero también producto de los desequilibrios generados en todas las ramas de la economía por el conflicto armado que, aun cuando no se había extendido por la totalidad del territorio novohispano, sí había afectado su zona medular.

El gobierno hizo frente a sus compromisos mediante la contratación de préstamos en el extranjero, mientras buscaba con desesperación la forma de conseguir recursos por otras vías. Los impuestos eran, claramente, la mejor de ellas. Sin embargo, mientras las actividades productivas no despegaran, lo re­ caudado sería escaso.

El lento arranque de la economía mexicana tenía su origen en la poca capacidad de inversión mostrada por las élites nacionales. Poca capacidad no solo causada por la falta de recursos sino también por la falta de iniciativa. Abocados a los terrenos seguros de la agricultura, la ganadería y el comercio, dejaban al azar las actividades que podrían reportarles mayores beneficios, como la minería. Hacía falta, entonces, buscar en otra parte sujetos interesados en invertir. Un poco de promoción fue suficiente para que, en 1824, se formaran en la Bolsa de Londres las primeras sociedades destinadas a comprar minas en México. Si bien los veinte años iniciales no fueron los mejores, al mostrarse una disminución en la producción anual de oro y plata en relación con lo registrado en los años finales de la época virreinal, a partir de la década de 1840 comenzaron a aumentar los montos extraídos de ambos minerales. Como complemento, en 1842 Antonio López de Santa Anna emitió un decreto por el que se liberaba del pago de impuestos a quienes decidieran invertir en la extracción, no de éstos minerales, sino de hierro; y al año siguiente emitió una serie de medidas destinadas a fomentar la explotación del mercurio.
No fue sino hasta que Porfirio Díaz ascendió al poder que el capital extranjero ingresó con decisión en la minería mexicana, principalmente debido a las condiciones de estabilidad que el régimen garantizaba. A los ingleses se sumaron entonces los estadounidenses, que pronto los sobrepasaron no solo en cuanto al monto del dinero invertido, sino también en lo relacionado con la cantidad de operaciones con las que contaban en la extracción de meta­ les preciosos y de minerales industriales. Según algunos cálculos, hacia 1907 el capital estadounidense ascendía a 400 000 000 de dólares, en tanto que los rendimientos, en ocasiones, alcanzaban cifras superiores al 2 000 %.

El panorama era alentador para los empresarios extranjeros. La mano férrea del gobierno porfirista aseguraba que las condiciones para incrementar la producción —y, por consiguiente, los beneficios— se mantendrían por tiempo indefinido. Sin embargo, el cuadro presentaría sus primeras fisuras en 1906, al estallar la huelga en la mina de cobre de Cananea y ser reprimida con brutalidad. La lucha revolucionaria, iniciada cuatro años después, transformaría la situación de manera definitiva.

Los pueblos indígenas de Mesoamérica trabajaban los metales que encontraban en depósitos ubicados en la superficie de la tierra.

La minería fue la actividad más importante para la economía novohispana, seguida del comercio. Los españoles descubrieron los depósitos de mercurio de Huancavelica en 1566, lo que facilitó la explotación de las minas de plata en las Indias, especialmente las del virreinato del Perú.

En su momento de mayor auge, la mina de La Va­ lenciana, en Guanajuato, producía el equivalente a 360 000 marcos de plata. En tanto, de la mina más productiva en Sajonia sólo se extraían 10 000 marcos.

Durante el primer decenio del siglo XIX se calcula que se extrajeron poco más de 5 500 toneladas de plata de las minas novohispanas. En el decenio subsiguiente, la guerra de Independencia hizo disminuir esa cifra hasta poco más de 3 000 toneladas.

Los accionistas de la compañía Dos Estrellas invirtieron, a comienzos del siglo XX, 150 000 dólares en un proyecto minero. Cinco meses después habían recuperado su dinero. Para 1909, la compañía había acumulado 3 800 000 dólares en utilidades.

 

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